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Soy una buena persona y quiero aliarme con la ultraderecha. A propósito de los «pensadores laterales» en Alemania.

Sabemos que el coronazo 2020 impactó nuestra vida a varios niveles: mató gente, hizo colapsar hospitales, llevó negocios familiares a la quiebra y dejó sin empleo a muchos trabajadores; generó paranoia e histeria colectivas, desató una ola de vigilancia ciudadana ―y también nos hizo reír con la mejor temporada de memes que, probablemente, haya existido hasta la fecha. Pero a diferencia de otros sucesos globales del siglo XXI como el 11 de setiembre o la crisis financiera de 2008, el coronazo 2020 ha sido verdaderamente planetario y omnipresente: afectó a todos los habitantes del mundo, en casi todos los aspectos de la vida cotidiana, independientemente de la región, clase social, ideología, cultura o religión. No debería sorprendernos, entonces, si en los próximos años asistimos al surgimiento de nuevos movimientos políticos que remiten su origen al 2020. Hoy me gustaría hablar, justamente, de uno de los movimientos pospandémicos que se encuentra en pleno crecimiento: «Pensamiento Lateral 711» de Alemania.

«Pensamiento Lateral 711» es un movimiento político originario de Stuttgart (de allí el número 711, código postal de esta ciudad) que se opone a las medidas gubernamentales adoptadas por Angela Merkel ante el COVID-19: uso obligatorio de tapabocas, distanciamiento físico y restricción del contacto social, cierre provisorio de tiendas y negocios, clubes deportivos, etc. Los «pensadores laterales» (del alemán: Querdenker) sostienen que estas medidas han comprometido seriamente el ejercicio de algunos derechos fundamentales, tales como el de libertad de reunión y asociación pacífica, el derecho a la integridad física e incluso el de libertad de expresión. Así, la Constitución alemana está en peligro y hay que salir a defenderla.

Michael Ballweg, quien hasta abril de 2020 era un ignoto empresario informático de Stuttgart ajeno a la militancia política y a cualquier tipo de exposición mediática, es actualmente el líder de «Pensamiento Lateral 711». En una reciente entrevista concedida a la radio berlinesa RBB24, Ballweg presentó a su movimiento de esta manera: «No tenemos aliados políticos porque no somos un movimiento político ―y tampoco somos un partido. Somos un movimiento democrático que proviene del centro de la sociedad y tiene una gran diversidad». «Pensamiento Lateral 711», entonces, pretende hacer política sin ser política, como si ésta no fuera otra cosa que una fuente de contaminación ajena a la democracia.

Si bien es cierto que inicialmente fueron muy distintos y variados los grupos que se manifestaron en contra del gobierno alemán en la pandemia, fue a partir del verano pasado que los «pensadores laterales» lograron convocar a la mayor cantidad de gente en las calles. Desde entonces, este movimiento se ha convertido en la voz de los «covirebeldes» de Alemania.

¿Quiénes son estos «pensadores laterales»?

Algunos de los más prominentes están involucrados en alguna militancia política a partir de cambios en el estilo de vida, es decir, aquello que los académicos llamarían «lifestyle activism»: la idea de que modificando mis hábitos alimenticios, haciendo deporte o meditando, puedo cambiar al mundo. Stephan Bergmann, por ejemplo, es el fundador y director de la Asociación para las Formas de Vida Indígenas (en alemán: Verein für indianische Lebensweisen), donde ofrece cursos de sanación con tambores, desayunos indígenas (sic) y retiros espirituales; actualmente también es el vocero oficial de «Pensamiento Lateral 711». Attila Hildmann, por su parte, es autor bestseller de recetarios veganos y empresario gastronómico. Si bien está convencido de que «el mundo de mañana se decide con cuchillo y tenedor porque todas las comidas hacen a tu salud, hacen la diferencia para quienes no tienen voz y para el planeta», últimamente se ha hecho muy conocido por sus discursos incendiarios en contra de Angela Merkel ―a quien denomina «la canciller comunista»― y por su canal de Telegram, en donde informa a sus seguidores sobre «la conspiración judía para infectar al pueblo alemán» y convoca a los «soldados y caballeros patriotas alemanes» a defender la nación. Menos belicoso y gritón ha sido Michael Moriz, mejor conocido por su nombre de monje Dada Madhuvidyananda, profesor de yoga y fundador del partido Mundo Humano (en alemán: Menschliche Welt), quien fue el encargado de dirigir una meditación colectiva en la gran marcha organizada por «Pensamiento Lateral 711» en Berlín. Asimismo, el fundador y director de la prestigiosa empresa de productos orgánicos Rapunzel, Joseph Willhelm, se manifestó varias veces en contra del uso de tapabocas y dijo que no se vacunaría en contra del virus («¡sobre mi cadaver!»), aunque su participación en las protestas no ha sido comprobada. Finalmente, otras figuras como Ken Jebsen (periodista y fundador de kenfm.de, el portal alternativo de noticias más influyente de Alemania) o Anselm Lenz (dramaturgo, editor y periodista) provienen del activismo antiglobalización y, desde el año pasado, se han unido a las filas de «Pensamiento Lateral 711».

Ahora bien, no todos los militantes de «Pensamiento Lateral 711» tienen un rostro tan visible y una voz tan clara como los anteriormente presentados. Lo interesante de este movimiento radica, precisamente, en haber legitimado un espacio político libre de corrección política: un refugio para quienes se consideran «apolíticos», es decir, para quienes no están afiliados a ningún partido ni pertenecen a ningún movimiento social pero ahora tienen el deseo de manifestarse. De hecho, la participación en estas protestas ha sido una inauguración en la militancia política, algo así como una escuela de formación ideológica para gente de familia que sólo está preocupada por la situación actual. Y si bien no es un movimiento homogéneo, «Pensamiento Lateral 711» sí muestra algunas ideas que la gran mayoría de sus seguidores parece compartir. Veamos, a continuación, algunas de ellas.

¿Qué piensan los «pensadores laterales»?

En primer lugar, los pensadores laterales rechazan a los «medios hegemónicos» alemanes como ZDF, ARD, Bild, Der Spiegel o, entre otros, Stern, etc. Esto los lleva a creer que internet es un espacio utópico de información horizontal. Así, mientras los medios tradicionales son corruptos y representan la propaganda oficial, los medios alternativos son moralmente superiores y representan la libertad de expresión. Es por ello que varios «pensadores laterales» también izan la bandera de la incorrección política, por ejemplo usando consignas como #AllLivesMatter cuando atentaron contra el Reichstag en agosto del año pasado.

En segundo lugar, los «pensadores laterales» conciben a la verdad como una cuestión ética que trasciende a la política. Las medidas del gobierno, las promesas de los políticos y las evaluaciones prospectivas no se leen en contexto, sino que se contrastan con mandatos normativos como el de no mentir. La política se reduce, entonces, a una integridad moral de exhibición: no hay valoración de las dificultades, no hay análisis de negociaciones estratégicas o consideración de los debates ideológicos que hacen a la democracia; lo que importa es ser «buena persona».

En tercer lugar, las quejas legítimas que cualquiera puede tener con el sistema de salud se transforman con «Pensamiento Lateral 711» en un abandono de la medicina, dado que ésta tan sólo responde al poder de las élites globales. Por el contrario, los métodos no científicos de curación o las prácticas de sanación esotéricas no son cómplices del poder y, en este sentido, ganan credibilidad. En suma: la ciencia es el discurso oficial de las élites que dominan al mundo.

En cuarto lugar, ser crítico ya no es reconocer la dimensión estructural de un problema, analizarla y comprender su funcionamiento para eventualmente proponer una alternativa. No; para los «pensadores laterales» ser crítico está vinculado a una experiencia de revelación, a saber: a despertarse y tomar conciencia de que las élites globales confabulan para dominar el mundo. En este sentido, los «pensadores laterales» son militantes estrictamente glocales: denuncian una conspiración global que pretenden combatir desde lo local.

Por último, los «pensadores laterales» ven al pueblo como víctima del globalismo; su misión es defender la soberanía nacional que Merkel pretende entregar al extranjero ―sea éste personificado en Bill Gates, George Soros o Xi Jinping. «Nazi» no es un adjetivo que califica a una realidad política, sino más bien una chicana de los Antifa (movimiento antifascista alemán) o de los medios hegemónicos, por eso no hay problema en manifestarse junto a quienes se muestran como tales. De hecho, en cada manifestación organizada por «Pensamiento Lateral 711» han habido gordos rapados con banderas del imperio alemán, botas militares y chaquetas con símbolos germánicos, llevando pancartas en contra de la «dictadura sanitaria de Merkel». Y, sin embargo, los «pensadores laterales» no han tenido problema en tenerlos a su lado.

¿Qué esperar de los «pensadores laterales»?

Está claro que «Pensamiento Lateral 711» es un movimiento político todavía en construcción. Sin embargo, han logrado conquistas que probablemente influyan en las elecciones federales de setiembre. Porque los «pensadores laterales» han hecho posible la radicalización pasiva de las «buenas personas» en Alemania, demostrando que se puede marchar junto a la ultraderecha sin sentirse señalado como parte de ella. Esto se explica por su lenguaje universalista, «apolítico», que asume a todos lo que protestan como meros «seres humanos» sin distinciones ideológicas, lo cual significa ceder el espacio a quienes sí se asumen políticamente ―como es el caso de la ultraderecha alemana. Es como si los «pensadores laterales» hubieran lanzado un hechizo a las «buenas personas», haciéndoles creer que el pueblo se alza por la paz y la libertad, cuando en realidad ese objetivo común no existe ―e incluso hay muchos que más bien quieren guerra civil y fascismo. De allí la contradicción del propio movimiento: hacen política sin querer ser política. Exigen integridad moral a sus jerarcas pero ellos no se sienten obligados a tenerla, ya que aceptan salir a la calle con militantes de la ultraderecha. Llevan a sus hijos a las protestas y los hacen hablar desde una tarima («estoy orgulloso de mi papá porque no usa tapabocas», dijo un chiquito de nueve años ante una multitud de covirebeldes), seguramente creyendo que las buenas personas no instrumentalizan niños en política.

No se trata aquí de defender o criticar las decisiones del gobierno alemán ante la pandemia. No; a mí lo que me preocupa son las nuevas condiciones que generó la pandemia para la radicalización ideológica de la «buena gente». Una radicalización hacia la ultraderecha que no pudo ser capitalizada por Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), el partido de extrema derecha que llegó al parlamento alemán en 2017, dado que un partido político se dirige a los ciudadanos de un país y no al «ser humano». Esta perspectiva global sobre la coyuntura política desdibuja al propio ciudadano y, al mismo tiempo, politiza a la idea misma de humanidad. Según «Pensamiento Lateral 711», sentirse parte de la humanidad es compatible con la ultraderecha, lo cual ya no es una posición abierta y neutral sino exclusiva y excluyente. En consecuencia, la buena gente cree marchar con la humanidad pero acompaña a quienes quieren exterminarla. La pregunta que todos nos deberíamos hacer, entonces, es la siguiente: ¿cuál es el sentido político de la idea de «humanidad» en el mundo global? Porque de la respuesta depende nuestra manera de convivir con los demás.

Mateo Dieste

Texto publicado originalmente en Revista Contraargumento (año IV/ N° 31 / enero 2021 – ISSN: 2393-7955)