Una visión perversa (de los problemas sociales)

Hay un determinismo relativamente aceptado, muy famoso, que nos hace ver a las sociedades como resultado de sus condiciones económicas. La organización política, las creencias, los valores y costumbres de la gente (prácticamente todo), está previamente definido por las relaciones y modos de producción. Marx fue un genio. Pero vaya a saber uno qué diablos fue lo que el tipo efectivamente escribió y quiso publicar, lo que dejó en borradores y luego fue editado con traducciones confusas, lo que recibió censura estatal y manipulación partidaria, etc. Habría que reconstruir todo su itinerario europeo, casi emulando una vida imposible de emular… ¿para averiguar qué? ¿La verdad de un profeta? Tal vez una verdad que nosotros, todavía desorientados ante tanta mundialización y cibercomunicación, no podemos construir.

Creo que las cosas siempre se pueden pensar de otra manera. Una de las necesidades de la filosofía es buscar la salida ante los condicionamientos que ella misma identifica. La filosofía no se deja domesticar nunca. ¿No es divina? Sin embargo, ello implica ―sobre todo en países subdesarrollados― jugar todo el tiempo con el delicado recurso de la esperanza. Si yo me convenzo de que, pese a todas las dificultades de mi entorno, vale la pena quedarme y luchar por algo, le concedo un sentido fundante y orientativo a mi proyecto de vida. El problema es que, generalmente, esa esperanza está exigida a ser ciega y trascendental, es decir, a medirse en base a una utopía social, por ejemplo una sociedad justa e igualitaria. Mi desafío es crear una visión que me permita actuar sin correr el riesgo de frustrarme todo el tiempo con las demandas irrealizables de esa utopía. Yo sé que me van a odiar porque no debería decir que una sociedad justa e igualitaria sea una utopía y todo lo demás. Discúlpenme, pero de hecho lo es. Si bien es cierto que hay utopías positivas que sirven como criterio de acción, hay otras que concluyen en la parálisis. Y eso es lo que nos pasa a nosotros, a los rioplatenses, a los latinoamericanos, qué sé yo, a todos los que se piensan en términos de un infinito estar-siendo-para-ser. Mientras imaginemos a nuestras sociedades como algo que todavía no son, viviremos en ellas como turistas: contemplando las imperfecciones de los hábitos colectivos, tomando nota de las fallas y omisiones parlamentarias, buscando el error nacional más pintoresco, cautivados por las nuevas desgracias, en fin, sacando una foto cuyo revelado no tiene sentido.

Hay sociedades en donde el sentido común coincide con el funcionamiento del Estado. Por ejemplo la palabra «burocracia», para unos refiere estrictamente a los protocolos excesivos que requiere tal o cual trámite, sin que ello sea extensible a la cultura de una sociedad. Otros, en cambio, insinúan la incompetencia e ineficacia de los funcionarios públicos con la intención de mostrar una parte que representa al todo. Según el determinismo materialista, la primera connotación sería el reflejo de los países ricos y la segunda de los países pobres, de modo que las conductas de los funcionarios públicos no serían más que una consecuencia del desarrollo económico. Estoy razonando de acuerdo a un esquema muy simple y ustedes ya lo han advertido, pero lo que quería señalar es que la principal falla de cualquier determinismo materialista es hacer del mundo una unidad causalmente cerrada. Todo lo que sucede está condicionado por un evento precedente. De este modo, se cancela la posibilidad de una nueva interpretación sobre esos funcionarios públicos, pues de antemano sé que son un producto de la infraestructura que se debería cambiar. Y que por cierto se debería cambiar ahora. Ni mañana ni pasado. Si el cambio social se inscribe en una agenda de actualidad, sólo resta esperar a que llegue el día del milagro. Entonces vuelvo a lo anterior: mi desafío es crear una visión que me permita actuar sin correr el riesgo de frustrarme todo el tiempo con las demandas irrealizables de una utopía.

Quiero proponer, entonces, una perspectiva algo perversa. Hasta ahora hemos considerado a la pobreza, la injusticia y la desigualdad como problemas que merecen solución. Mi sugerencia es: ¿y si hacemos de la pobreza, la injusticia y la desigualdad una identidad? Desde luego que esto no implica sentirse orgullosos por ser pobres, injustos y desiguales, ni tampoco excluye la posibilidad de mitigar estos problemas. Más bien supone integrar estas realidades a mi proyecto de vida; secuestrarlas del espacio de alteridad al que han sido condenadas. Normalmente se hace un uso persecutorio y reduccionista del concepto de identidad: se cree que algo es eso y no otra cosa, una vez que ciertos antagonismos abstractos han sido anulados. Yo no quiero conseguir votos, así que puedo concebir a la identidad como movimiento espontáneo e incesante de algo que existe, es decir, como forma variable de autoreconocimiento que hace de ese «algo» ―por ejemplo el ser humano― una determinación ontológica de un espacio concreto. Me puse un poco más denso, perdón. (Sigan leyendo que ahora viene lo mejor).

Reconozco, entonces, que no soy nunca una cosa hundida en el espacio. Me muevo. Todo el tiempo me voy formando. Esto es Heráclito, obvio, o Jorge Drexler: «Nada se pierde, todo se transforma». Afirmación que, por cierto, no excluye su contrario: «Fiera venganza la del tiempo, que le hace ver deshecho, lo que uno amó» (Discépolo). Es una percepción flexible que se ajusta a las necesidades del observador, asumiendo a la paradoja como síntoma de vida y no como problema lógico.

Si yo mismo soy lo suficientemente complejo como para integrar antagonismos y paradojas, también debería serlo en mi forma de desear. En otras palabras: el deseo tampoco obedece a una línea recta entre «sujeto y objeto». Es una composición de elementos que se expresa por medio de una síntesis referencial: una familia, un viaje, un puesto de trabajo, una cena o una bicicleta, son cosas deseadas a partir de una serie de referencias (contexto) que las hace posibles. Por ejemplo si deseo la bicicleta, la deseo andando-por-la-rambla, la deseo para-ir-todos-los-días-a-trabajar.
―Che pelotudo, ¿qué tenés que andar poniendo esos guiones entre las palabras?
―¡Es que tengo que hacerlo para enfatizar la idea! El deseo de la bicicleta, conceptualmente hablando, no está separado de pasear por la rambla o ir al trabajo, ¿entendés?
―Está bien, entiendo. ¿Pero no podrías haber omitido esos guioncitos insoportables?
―Y… no sé, ¿a vos se te ocurre algo?
―No.
―Entonces no me bardees, ¿está claro?
Decía, entonces, que el deseo no consiste en extraer un objeto aislado que se encuentra a una distancia indeterminada. Se trata de desear un conjunto de elementos (Deleuze, siempre con su vocabulario de mierda, denomina esto como «agenciamiento»). Aquí el lenguaje nos juega una mala pasada, pues decimos: «yo deseo una bicicleta» y, en rigor, esto quiere decir lo siguiente: «yo deseo una bicicleta y un día soleado y una rambla y suficiente tiempo para ir pedaleando tranquilo». La bicicleta es la síntesis referencial del resto de los elementos que pertenecen al conjunto deseado, ¿se entiende? Por último, la realización de ese deseo dependerá, asimismo, de mi capacidad para reconocer a los demás aspectos que involucra, esto es, no haciendo de la bicicleta una abstracción desvinculada de su contexto.
Hemos arribado, por fin, al momento de la perversión. Dice así: ¿por qué no reconocer a la pobreza, la injusticia y la igualdad como elementos de mi conjunto deseado? ¿Por qué no desearlas como parte de mi proyecto vital? Claro, alguien podría decir que efectivamente ya están reconocidas ―pero en tanto problemas a resolver. Sucede que en términos de deseo, eso equivale a una negación, pues no puedo incluir en mi conjunto elementos difusos. Deseo una totalidad. Y si bien sus componentes pueden mantener diversos grados e intensidades, desde el momento en que hacen a la totalidad de mi deseo, se vuelven compactos, diáfanos, explícitos. En este sentido, si concebimos a la pobreza, la injusticia y la igualdad como cosas que están-siendo-sin-deberlo-ser, automáticamente las arrojamos al plano de la negación y perdemos la oportunidad de integrarlas al conjunto del deseo. Por el contrario, aceptarlas como parte de él, sería el primer paso de nuestra responsabilidad ante ellas. Naturalmente, entiendo que al utilizar aquí el verbo «aceptar», me traslado instantáneamente a una actitud que podría tacharse de conservadora. Pero ésta lo que hace es, justamente, no integrar la pobreza, la injusticia y la igualdad a su conjunto de deseo. Se aísla. Ambiciona un objeto imposible, a saber: una ascensión social lo suficientemente radical como para redimirse por haber negado las realidades fundamentales de su entorno.

Mi sugerencia perversa no apunta a otra cosa que a reconocer, no tanto el lugar de residencia (pues nos anclaría a una contingencia geográfica innecesaria), sino al sitio desde el cual levantamos nuestro proyecto de identidad. Identidad que, como ya mencioné, no es una condena hereditaria ni tampoco un «origen», sino una elaboración permanente que de hecho no se deja reducir a ninguna unidad teórica ―excepto cuando alguien la necesita como percepción global de su propia biografía.

Dirá alguno por allí que esto no le cierra. Vamos, entonces, con una anécdota. El otro día estuve hablando con una amiga que vivió un año en Berna. Me decía que si bien la ciudad era muy hermosa, ella se sentía muchas veces en una burbuja, pues todo estaba permanentemente ordenado, limpio, casi nada funcionaba con defectos y en cada rincón de la ciudad predominaba la exactitud y la puntualidad. Con el tiempo, esa sensación se volvió agobiante y decidió mudarse a Berlín para estudiar fotografía, donde le parecía que iba a tener una vida cotidiana «más auténtica», pues en la capital alemana todavía es frecuente toparse con personas durmiendo en la calle, pidiendo dinero y comida, haciendo malabares en los semáforos o vendiendo revistas callejeras (Obdachlosenmagazin).

Cuando le pregunté qué era lo que estaba buscando, me contestó: «sentirme en lo real». Esa frase fue para mí estupenda. ¿Acaso no es todo lo que venimos hablando resumido en cuatro palabritas? Yo interpreté su experiencia, justamente, como la necesidad de incluir a la pobreza, la injusticia y la desigualdad como elementos de su conjunto deseado. Si éste no era otra cosa que estudiar fotografía en la Kunsthochschule de Berlín, eso requería para ella un contexto donde fuera visible la pobreza, la injusticia y la desigualdad. Yo creo que esa necesidad de «sentirse en lo real» es, no sólo sincera, sino además un primer paso para hacernos cargo de los problemas sociales. Es un modo de convertirlos en un asunto personal. Aquí radica, precisamente, la diferencia con la tradición moralista que hace de ellos una culpa para actuar con solidaridad. Desde el momento en que nos aíslan de la pobreza, la injusticia y la desigualdad, sólo nos queda como vínculo de referencia el de orden moral, cuyo control está en manos de políticos, curas, maestros y periodistas.

Una «visión perversa» de los problemas sociales, en cambio, tal vez ayudaría a reconocer en dónde estamos y hacia qué utopía nos corresponde ir.

Mateo Dieste