Fernando Andacht: ¿héroe de la resistencia?

Una de las cuestiones más debatidas a propósito de la pandemia ha sido la de su cobertura mediática. No se trata allí de discutir la información que aportan los institutos de control y prevención de enfermedades, del diagnóstico y eventual prospectiva que ofrecen los científicos que ocupan cargos de alta responsabilidad política, ni mucho menos de observar cuáles son los nuevos resultados obtenidos en un laboratorio donde se analiza el virus. No; de lo que se trata es de denunciar algo que aquí no viene al caso pero que, sin embargo, no deja de ser relevante, a saber: el rol de la crítica en democracia.

Desde el inicio de la pandemia, la revista digital uruguaya Extramuros ha pretendido rehabilitar esa función de la crítica reivindicando algo tan poco usual como el ensayo —tal como se ha cultivado desde hace mucho tiempo en la literatura uruguaya y latinoamericana. Si bien los intelectuales que participan en Extramuros son distintos y variados, algunos de ellos comparten la pretensión de ser críticos ante la cobertura mediática que ha recibido la pandemia en Uruguay. En realidad, Extramuros va aún más allá y se propone hacer de la escritura una práctica de resistencia ante la oralidad predominante en los debates digitalizados de hoy. Escribir supone tomarse un tiempo para pensar, articular las ideas mediante un uso estructurado del lenguaje, es decir, escribir un texto no es producir la versión taquigráfica de mi propio impulso verborrágico. El lema de la revista, «la escritura ante el declive del debate público», se podría interpretar como el deseo de recuperar un espacio no sometido a la oralidad: un espacio «desacelerado» donde la comunicación no esté necesariamente condicionada por el mandato de simplificación.

Fernando Andacht, semiótico y docente universitario, es parte del Consejo Editor y también colaborador habitual de Extramuros. A comienzos de este mes fue entrevistado por Gastón González Napoli en el programa radial En Perspectiva, para ofrecer la visión de un «disidente de la pandemia»1. Si bien no dijo nada que ya no hubiera publicado en Extramuros, lo interesante de esta entrevista es observar hasta dónde llega Andacht con tal de salvar su lugar de enunciación. Mi idea es analizar cómo alguien que se arroga la cualidad de sensato y habla con autoridad académica sobre una materia (la semiótica), acaba por justificar una posición más bien contraria a la deseada, una vez que está ante un periodista que lo cuestiona, llegando incluso a escenificarse como héroe de la resistencia. Veamos.

Andacht insiste en que él no es microbiólogo ni epidemiólogo sino únicamente «especialista en comunicación, en los signos». Su estrategia retórica durante toda la entrevista consiste, precisamente, en eso: hacer de los hechos una cuestión de palabras, de tal manera que la discusión se libre en el campo de la representación. De modo que el problema de Andacht no es la pandemia en sí misma, sino que ésta se haya impuesto como tema predominante en los medios masivos. Por eso aboga en favor de las minorías discursivas: «la minoría puede tener algo que decir y eso es lo que defiendo. Nada más».

Andacht se siente, para usar una palabra de moda, «marginalizado»: su opinión representa una minoría que él defiende en tanto fundamento de la democracia: «la minoría puede tener algo que decir y eso es lo que defiendo. Nada más». Sin embargo, estar en la minoría de Andacht significa (¡nada más ni nada menos!) retomar el legado de resistencia a la dictadura nacionalsocialista: «Ser una minoría, no es malo. El 23 de febrero del año ‘43 […] Hans y Sophie Scholl repartieron panfletos contra Hitler en una Universidad de Múnich. Los guillotinaron, eran poquitos. […] En lugar de perseguirnos, de decir que somos virusplanistas, charlatanes, [deberían saber que] la minoría es lo que salva toda democracia». Naturalmente, la comparación es absolutamente falsa. En Uruguay rigen los derechos de libertad de expresión y de asociación libre. Todos los uruguayos son libres de decir lo que piensan, de organizarse políticamente y manifestar públicamente lo que piensan. Nadie puede ser perseguido, arrestado o incluso asesinado por expresar su opinión. Se trata de uno de los derechos fundamentales del sistema político uruguayo. A diferencia de Sophie Scholl, quien efectivamente fue asesinada por el régimen nazi, Fernando Andacht es libre de expresar su opinión «disidente» y minoritaria sin temor a ser perseguido, encarcelado o condenado a muerte. Y si lo que dijera fuera considerado un delito, bueno, eso se debe a que en Uruguay existen leyes y tribunales que lo regulan: Luis Lacalle Pou no envía a sus adversarios políticos a un campo de concentración, como sí lo hizo Adolf Hitler. Vivimos, afortunadamente, en una época completamente distinta a la de Sophie Scholl en la Alemania nazi y Fernando Andacht desde luego lo sabe, pero también sabe que la comparación es una extorsión moral a menudo eficaz desde el punto de vista retórico.2

Andacht simpatiza con Montaigne porque el francés escribió que «[…] uno no se muere por una enfermedad, sino por estar vivo» y, contrariamente a lo que dictamina el discurso único, Andacht todavía se siente sano y activo: «¡No soy población de riesgo! Soy un ser humano corriente, falible, vulnerable. Pero también sensato. Entonces: ¿por qué me voy a prohibir del placer de [hacer] lo que más me gusta que es investigar y dar clases por una cosa fantasmática [sic] llamada protocolo?».

Curiosamente, Andacht no brinda razones que expliquen su «rebeldía anti-coronavirus» sino que apela a un supuesto sentido común generalizado, cuya existencia explicaría por sí mismo el motivo de su rechazo a los protocolos de seguridad aprobados por el gobierno uruguayo para la contención del virus. Pero eso sí: se trata de un sentido común «políticamente incorrecto», es decir, libre e irreverente y así se lo explica a su entrevistador: «¿Viste lo políticamente correcto? Es el festival de la hipocresía. Pensá en lo de Cavani, en lo de “gracias, negrito”. ¡Es un disparate! Bueno, hoy tenemos lo sanitariamente correcto: una obsesión, una compulsión por ver quién es más correcto, quién es más solidario que otro». No importa que el caso de Cavani no tenga nada que ver con la pandemia, puesto que nadie se ha muerto por el «gracias, negrito» ni tampoco la ciencia está debatiendo en tiempo real la entidad de esa frase y la forma de evitar su contagio. No; lo que le interesa a Andacht es trasladar las medidas sanitarias de contención del virus al plano de lo simbólico, para así decir cualquier cosa.

Por esta razón es que Andacht no se interesa por evaluar los argumentos a favor o en contra del uso de la mascarilla: «[…] La mascarilla es una broma, un talismán […]», afirma Andacht, respaldándose en una «[…] cantidad de estudios que lo demuestran […]». De esta manera, Andacht revela un doble estándar para medir los estudios científicos: sólo aquellos que apoyan su posición constituyen una evidencia válida, los otros no. A continuación, González Napoli le replica que esto no es así porque la mascarilla retiene las gotículas que trasladan al virus. Pero el académico no reconoce su error, cambia de eje y le pide al periodista que verifique «[…] el impacto del miedo y del pánico constante» y, casi sin dudarlo, concluye su defensa apelando de forma algo sensiblera a los niños. Lo que importa no es la realidad, sino su representación.

Dice Andacht: «Mi argumento es: los medios durante nueve meses […] sólo dieron una voz, con rarísima excepción [cuando] estuve un ratito en TV Ciudad […]». También Ana Laura Pérez (periodista y docente de la ORT) y Ricardo Forster (filósofo argentino) participaron del mismo programa televisivo (La letra chica) y hablaron del miedo tal como Andacht, dado que el tema del programa era justamente «el tiempo del miedo». Sin embargo, la excepción al discurso único que rige sobre la pandemia es, según Andacht, únicamente su propia opinión.

No deja de ser interesante que Andacht, quien nos recuerda en cada una de sus apariciones públicas que se doctoró en Noruega y que ha sido Full Professor por diez años en Canadá, jamás haga referencia al problema de la difusión rápida y masiva de información cierta y errónea sobre un tema, tal como se disipa una enfermedad, fenómeno conocido bajo el concepto de infodemia. De hecho, Uruguay firmó en junio 2020 — junto a un centenar de países — el llamado de la OMS para combatir la infodemia.3 Es como si Andacht ignorara que ya no vivimos en un mundo donde lo único que existe es la radio o la televisión, emitiendo mensajes que van de arriba hacia abajo. Sucede que uno de los desafíos de hoy consiste, precisamente, en tratar de regular la enorme proliferación de voces disponibles, sin caer por ello en la censura ni fomentar la violencia. El conflicto de intereses hace ya muchos años que no se traduce en la oposición «medios masivos vs. receptores pasivos», puesto que hoy todos participamos activamente en la comunicación digital. Para decirlo en una palabra: hay fake news, narrativas conspirativas y también periodismo independiente de calidad, pero no comparten la misma plataforma de difusión sino que se desenvuelven en mundos paralelos. Es en este sentido que, concluida la entrevista con Andacht, González Napoli comentó acertadamente en su cuenta de Twitter: «Hoy en día, no dar micrófono no significa acallar voces. Se hacen oír por otros canales, sin nadie que las discuta o las rebata».

Fernando Andacht no es una voz «marginalizada» y parece desconocer lo que es una dictadura, sea ésta la nacionalsocialista o la uruguaya. En relación a esta última, Andacht le dice a González Napoli: «Pensá en la dictadura. ¿Cuál dicen que es un hito de la dictadura uruguaya cuando termina? ¡Un debate!». Es como si Andacht no fuera uruguayo y se refiriera a la dictadura como un extranjero («dicen que es»). Destaca al histórico debate televisivo previo al Plebiscito de 1980, sí, pero lo quita de su contexto histórico y lo traslada al presente como si la enorme importancia que tuvo ese debate pudiera ser universalmente extensible a cualquier discusión actual. No; la dimensión de ese debate estuvo dada porque fue el primero, después de siete años, en donde los uruguayos pudieron ver una discusión política, en un contexto con miles de presos y exiliados políticos, represión cotidiana y censura. Es como si Andacht hiciera mención a este evento o a Sophie Scholl como bastardeando la historia a propósito, sin advertir que no es necesario ponerse de héroe de la resistencia para reivindicar el valor de la crítica en una democracia.

Lo necesario para ejercer la crítica es, lisa y llanamente, estar dispuesto a conversar sin subestimar al otro, admitiendo la posibilidad de estar equivocado y así poder cambiar de opinión. De nada sirve la crítica si el propio crítico, como es el caso de Andacht, resulta inmune a ella. El problema, entonces, no es tanto la falta de crítica en la sociedad sino la pretensión de autoridad de quien dice ejercerla. En este sentido, resulta muy ilustrativo el lapsus que tuvo Andacht en la mitad de la entrevista cuando, citando erróneamente a Platón, dijo: «No es que yo me adjudique un rol mesiánico porque sé más. Sé como cualquiera, pero Sócrates dijo yo sólo sé aquello que sé». Sin embargo, la Apología de Sócrates no es una autorización para legitimarse como alguien que sabe algo sino, por el contrario, una meditación sobre la propia ignorancia. Y es allí donde radica la base ética para cualquier ejercicio crítico.

Mateo Dieste
Texto publicado originalmente en Revista Contraargumento (año IV/ N° 32 / febrero 2021 – ISSN: 2393-7955)

1 Puede escucharse la entrevista completa aquí: https://www.enperspectiva.net/en-perspectiva-programa/entrevistas/disidente-la-pandemia-fernando-andacht-critica-panmedicalizacion/

2 No obstante, este recurso no tuvo efecto ante González Napoli, quien advirtió que Andacht usaba la ley de Godwin en sentido inverso al ubicarse en el lugar de la resistencia.

3 Para consultar el documento oficial de la OMS firmado por Uruguay, véase: https://onu.delegfrance.org/IMG/pdf/cross-regional_statement_on_infodemic_final_with_all_endorsements.pdf [Consulta: 24.02.2021].

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