Atentan contra el Parlamento alemán

El sábado pasado unas 30.000 personas marcharon en Berlín en contra de las medidas tomadas por el gobierno de Merkel ante el COVID-19. Hubo una extraña alianza entre hippies, desocupados, veganos antisistema, esotéricos, conspiranoicos, milenaristas, familias “de gente bien”, por un lado, y grupos neonazis, varios “Reichsbürger”, anticomunistas, identitarios y seguidores de Trump, por otro. Alrededor de 300-400 personas tiraron abajo las vallas de seguridad y llegaron al edificio del Reichstag, amenazando con tomarlo a la fuerza, pero no lograron (o no se animaron) a entrar. Los servicios de inteligencia fueron tomados por sorpresa: subestimaron la capacidad de movilización de la ultraderecha en Alemania.
La enigmática alianza todavía no la entiende nadie, pero de todos modos crece. Hay redes y organizaciones de ultraderecha más sólidas de lo que pensábamos. Sus consignas pretenden librar una batalla en diversos frentes: en contra de la “canciller comunista” Angela Merkel, en contra del uso del tapabocas, en contra de Bill Gates, en contra de la inexistencia del virus, etc. Vienen de otro mundo y nos cuesta imaginarnos de cuál: son como alienígenas que desprecian la polis y han sido educados en Twitter, en foros y páginas encriptadas, en grupos de Telegram o en algún otro cónclave de pensamiento alternativo, patriótico o libertario. Y, por convicción o por confusión, hoy son parte de la ultraderecha alemana. La ultraderecha que pretende asumir el liderazgo europeo en contra del globalismo de George Soros.
Mientras tanto, en Uruguay y otros rincones de la región, muchos siguen especulando sobre la gravedad del virus, sobre los riesgos del contagio, sobre la manipulación mediática y sobre la importancia de conservar el juicio y la conciencia crítica ante cualquier tema. Son los intelectuales de siempre: masturbándose ante la pornopolítica que miran con altivez. Se nos viene la ultraderecha y ustedes con la pija en la mano, total están lejos y creen que organizar la resistencia no es su problema, ¿no? Además de pajeros son provincianos: siguen pensando dentro de los confines del Estado-nación cuando la ultraderecha, como la mayoría de los problemas estructurales del siglo XXI, es un asunto global.
En fin, nadie los lee igual a estos intelectuales. No sé por qué me preocupo tanto. Tal vez porque me siento indignado y mi reflejo es ir a conversar con ellos. Si seré inocente: me olvidaba que a ellos nunca les interesó conversar.
Berlín, 01.09.2020
Mateo Dieste

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