Tres problemas a la hora de pensar el eurocentrismo

Lo primero: ¿qué se entiende por eurocentrismo? Se rata de un punto de vista que considera a Europa como el único motor de la historia: Europa actúa y el resto del mundo reacciona. Sólo Europa tiene capacidad de actuar, el resto del mundo es pasivo. Europa hace la historia y los demás tienen la suya cuando han establecido algún contacto con Europa. Europa es el centro y el resto son la periferia. Y, a diferencia del resto del mundo, únicamente los europeos pueden iniciar cambios y procesos de modernización.
Segundo. Hay una diferencia entre eurocentrismo y estar centrado en Europa. Si pensamos, por ejemplo, en la instalación del ferrocarril en el siglo XIX, vemos que en todos los países no europeos se miraba atentamente al modelo europeo, especialmente al británico. En otras palabras: era una cuestión de época. Ahora bien: afirmar que el ferrocarril es un producto de la Revolución industrial, cuyo origen estuvo en Inglaterra porque sólo en una cultura como la británica era posible tal desarrollo, es eurocéntrico.
Tercero. Hay un tipo de eurocentrismo que va más allá de la historia económica y geopolítica y se llama eurocentrismo conceptual (o mental). Las ideas de nación, burguesía y proletariado o, por ejemplo, la idea de revolución, remiten a situaciones específicas de Europa. Hay eurocentrismo mental cuando trasladamos estas ideas a otros países o regiones, creyendo que allí también encontraremos las mismas formas de designar y pensar las cosas. Buscar, por ejemplo, la nación uruguaya en el siglo XVIII, el proletariado ruso del XIX o la revolución aimara del siglo X, son formas típicas de caer en eurocentrismos conceptuales.
Vamos ahora a los problemas.

1. Uso no eurocéntrico de categorías eurocéntricas.

El primer error que quiero señalar está vinculado al “eurocentrismo conceptual”. No todo empleo de ideas o categorías europeas lleva necesariamente a conclusiones eurocéntricas. En efecto, hay un uso no eurocéntrico de categorías eurocéntricas. Pensemos en Rodó, por ejemplo, quien hizo del helenocéntrismo una crítica muy original (“cultural”) al imperialismo estadounidense. O pensemos en Mariátegui, quien pensó desde Marx sin que ello le impidiera reconocer la realidad indígena del Perú.

2. No esperar «visiones autóctonas» en otras partes del mundo.

Criticar al eurocentrismo no nos debería hacer creer que hay países allá afuera, no afectados por la globalización, cuyas visiones del mundo conservan la pureza original del bon sauvage. Ni el mundo islámico, ni la sabiduría maya, africana o china representan «alternativas epistemológicas» a Europa. El asunto está mal pensado, puesto que éstas son maneras de sustituir el euro- por otro centrismo (eurocentrismo por indigenocentrismo, africacentrismo, sinocentrismo, etc), a saber: un centrismo homogéneo y monolítico, superior al eurocentrismo desde el punto de vista ético por no haber sido víctima y no victimario de la modernidad.

A decir verdad, tales esencializaciones son hechas por intelectuales para nada autóctonos ni originarios, cuyo objetivo es más bien conquistar espacios al interior de la academia global y, para ello, exotizan cosmologías de culturas que desconocen o a las cuales no pertenecen (es el caso, por ejemplo, del «proyecto decolonial» de Walter Mignolo en América Latina, el proyecto del «Renacimiento africano» liderado por intelectuales sudafricanos o, también, el debate en torno a los «valores asiáticos» en China).

3. No es posible superar el etnocentrismo.

Si nos vamos a la raíz filosófica del tema, es decir, si damos un paso más allá de las pretensiones de visibilizar a los excluidos y olvidados de la historia, debemos reconocer que no es posible superar el etnocentrismo. Y no lo es porque nuestra voz no es pura y exclusivamente un «yo», sino asimismo un espacio y tiempo determinados, una época, un lenguaje y una vida cotidiana. No es posible controlar los límites y alcances del conocimiento. Por otra parte, sería absurdo llegar a la conclusión de que sería necesario «deconstruir» todo el pasado creyendo que éste sólo está plagado de prejuicios eurocéntricos. No, esto es falso porque no es posible restaurar un escenario inmaculado de la cultura donde ésta pudiera desarrollarse sin influencias extranjeras y, al mismo tiempo, no toda la historia está plagada de prejuicios eurocéntricos. No podemos anticiparnos al futuro ni tampoco administrar el pasado a nuestro antojo.

La pretensión de superar el etnocentrismo de la propia posición, además, nos llevaría a la embarazosa situación de tener que definir el estatus epistemológico de esa posición: ¿una posición sin etnocentrismo sería, entonces, una posición verdadera? Y si esto es así, ¿acaso no estaríamos postulando la existencia de una verdad objetiva que nunca quisimos aceptar? Mi opinión es que deberíamos asumir, sencillamente, que no podemos abarcarlo todo y que lo mejor es discutir abiertamente con los demás y ver qué pasa.

* * *

Creo que es necesario pensar el problema del eurocentrismo y también creo que es muy interesante hacerlo. De allí que haya querido, con esta breve intervención, aportar algo para «mejorar» el debate.

Mateo Dieste
Berlín, 25.X.2017

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