Formas de verdad en la vida cotidiana

No me interesa «la verdad» sino lo que hacemos funcionar como verdad, esto es, la reflexión sobre los procedimientos que legitiman a tal o cual cosa como verdadera. Tal vez el más conocido de estos procedimientos sea el paso del tiempo: una afirmación dudosa —o aun incierta— puede convertirse en verdadera si ha gozado de un consenso general durante un lapso determinado. Durante largo tiempo, por ejemplo, se creyó que el universo estaba ocupado por una sustancia extremadamente ligera, el éter, cuya existencia fue refutada a fines del siglo XIX con el experhqdefaultimento de los físicos Albert A. Michelson y Edward W. Morley.
Esto no significa asumir una postura relativista ni mucho menos, sino únicamente reconocer que la verdad siempre tuvo un carácter provisorio (si bien quienes la buscaron, en la mayoría de los casos, pretendían obtener un resultado eterno). Y, en este sentido, la historia nos enseña que la gracia está en comprender de qué modo la gente se equivocó, «razonó fuera del recipiente», le erró feo digamos y, sin embargo, defendió lo contrario…
De todas maneras, no es necesario irnos a la historia intelectual para ver cómo la verdad ha cobrado siempre distintas formas. Basta con observar un poquito nuestro ambiente, la familia, la gente con la cual nos vemos todos los días, para identificar algunos tipos de verdades o, para decirlo con exactitud, de ciertos modos de verosimilitud. ¿Qué es esto? Bueno, un modo de verosimilitud no es otra cosa que hablar dando la impresión de que se dice la verdad, es decir, «generando un efecto de verdad», como lo hace por ejemplo un científico en una entrevista: uno lo escucha y sabe que se trata de una persona seria y respetable y, más allá de si uno entiende o no lo que dice, tiende a confiar en su opinión. En lo personal, yo no entiendo mucho de lo que dice Stephen Hawking, pero el tipo es británico y está en silla de ruedas, entonces le creo.

Definido el concepto de modo de verosimilitud, me gustaría ahora vincularlo a nuestra vida cotidiana (los conceptos filosóficos no tienen interés si no están relacionados a problemas concretos de la vida real). ¿Cómo? Identificando seis casos del entorno familiar y, adicionalmente, uno del barrio. A cada uno de ellos le corresponderá, asimismo, un tipo particular de expresión, esto es, una situación o actividad concreta que ilustra especialmente a cada caso. Finalmente, para agilizar el razonamiento, en lugar de modos de verosimilitud, voy a hablar simplemente de «formas de verdad», ¿de acuerdo? Así que ahí vamos.

1) Los padres y los amigos de la infancia: la verdad como origen. Son quienes nos reclaman seguir siendo el que fuimos. Te dicen: «vos siempre fuiste así», porque creen que haberte conocido en tu infancia los hace poseedores de tu «esencia». Y si bien no existe tal esencia, cobra un cierto sentido desde el momento en que ellos la reclaman.
¿En qué instancia se expresa mejor esta forma de verdad? En las reuniones. Porque los padres y los amigos de la infancia son en tanto tales, justamente porque los vemos en reuniones: actúan en grupo, casi nunca solos. Su espacio son las cenas, los almuerzos, los reencuentros, las despedidas, etc. Y, en efecto, es allí donde te demandan fidelidad a esa «esencia» tuya que sólo ellos conocen.

2) Los abuelos: la verdad como ideal. Porque a los abuelos los conocemos de viejos, no fuimos testigos de sus vidas sino que sabemos de ellas por los relatos familiares. Ellos están ahí ya «hechos», mal o bien, pero finalmente realizados. Es por esta razón que lo que nos dicen los abuelos representa un ideal, algo que trasciende nuestra experiencia y nos resulta imposible de comprobar; dicho de otro modo: no es necesario comprobar lo que nos cuentan porque no viene al caso (¿qué ganamos con refutarle o corregirle algo a un viejo que nos quiere?).
Como no podría ser de otra manera, la expresión de esta verdad no está en una situación sino en una actividad, a saber: la escucha. A un abuelo se lo escucha. Claro que se discute con él y todo lo que quieras, pero él es el que tiene algo para contar (su vida) y por eso es que uno —siempre y cuando no le haya tocado un abuelo hijo de puta— lo escucha.

3) El tío: la verdad como autoridad. No porque tenga más autoridad que nuestros padres o abuelos, sino porque el tío es el primero de nuestro entorno que nos puede mentir con impunidad. «El cuento del tío». Y es por ello que adquiere otro tipo de credibilidad, una más bien fugaz, llana, que más tarde será la misma que le asignaremos a todo aquel que use la palabra para justificar una estructura de poder.
La forma de expresión de esta verdad también es, como la anterior, una actividad: el consejo. Porque en la mayoría de los casos, dar consejos es algo muy difícil e implica una gran responsabilidad —además de un profundo conocimiento de su destinatario. Así, sólo un chanta te puede dar consejos sin conocerte. ¿Y acaso los tíos no son todos un poco chantas?

4) Los amigos de la madurez: la verdad como devenir. En este caso, no se trata ya de gente que hemos conocido accidentalmente, sino gente con la cual hemos decidido conscientemente seguir viéndonos, esto es, los amigos que hemos elegido libre e individualmente. A diferencia de los amigos de la infancia, los amigos de la madurez se tienen de a uno. Ellos no te reclaman fidelidad a ninguna esencia ni te acusan de traidor por haber modificado tu actitud en algún sentido, precisamente porque te acompañan y viven más o menos lo mismo que vos: «están en sintonía contigo». En consecuencia, representan un devenir: una verdad que se hace visible porque va siendo. Los amigos de la madurez representan, entonces, una verdad que no distingue entre pasado, presente y futuro porque reúne todos los tiempos en tu preciso aquí y ahora.
¿Cómo se expresa esta verdad? Bueno, a través del diálogo, la conversación mano a mano, ahí está la expresión por antonomasia de esta forma de verdad. En la conversación entre amigos, la cantidad de las palabras disminuye en virtud de la confianza, el conocimiento y la complicidad que otorga la empatía común y los aprendizajes compartidos. Los disensos son generalmente de tipo intelectual, no sensible. Se trata, entonces, de una conversación profunda y, por tanto, requiere una correcta dosificación para no saturar la relación y querer matar al amigo.              

5) La pareja: la verdad como paradoja. Por qué razón te enamoraste de fulano o mengana, por qué seguís estando con alguien que aparentemente «no te conviene» o, en fin, por qué no funcionó la relación que tenías «si iba todo tan bien», son todos indicios de lo mismo: el único consenso que existe sobre el amor es que nadie puede explicarlo. Por eso vale pensarlo como paradoja: porque se revela contrario a lo que uno creía que era. Todo esto, naturalmente, son estereotipos, pero yo no soy un británico ni estoy en silla de ruedas para que me creas. Pero lo cierto es que una experiencia amorosa descubre nuestras vulnerabilidades y todo aquel que alguna vez se hizo el canchero y se ufanó de sí mismo, bueno, ése terminó —para decirlo con sabor caribeño—«pidiendo cacao».
Respecto a la forma de expresión de este tipo de verdad, evidentemente no podríamos hablar de otra cosa que del abrazo. En efecto, el abrazo se hace de a dos pero no siempre coinciden las intenciones; para decirlo en una palabra: uno puede abrazar con cariño mientras el otro te abraza para clavarte un puñal. Podés abrazarte para bailar La comparsita o, si pesás ciento y pico de quilos, podés abrazarte en un círculo para derribar a un gordo nipón entangado, ¿se entiende? El abrazo es paradojal como la verdad que representa una pareja.

6) Los hijos: la verdad como expectativa. La mayoría de los padres conciben a sus hijos como a un proyecto: esperan que sean esto o aquello. El niño es educado para que «esté en condiciones de…», «sea capaz de…», «tenga la oportunidad de…» tal cosa. No digo que esto esté bien o esté mal (entre otras cosas porque no hay alternativas en el capitalismo), sino que lo que a mí me interesa es observar lo que en este sentido puede significar un hijo para sus padres, a saber: la expectativa depositada en él. De allí que ellos representen esta quinta forma de verdad en la vida cotidiana, pues la expectativa que se tiene sobre algo dice más sobre quien la tiene que sobre su objeto.         
En cuanto a su expresión, esta forma de verdad se manifiesta en los sueños, es decir, en el inconsciente. Sin abundar en el tema, todos sabemos que el inconsciente es un territorio complicado. Uno encuentra allí escombros, sombras y fantasmas de todo tipo que, para peor, tienen en común que ninguno de ellos está a nuestro alcance y, aun así, nos influyen. Son vestigios de algo que nos sucede en paralelo, o tal vez de algo que en realidad ya vivimos. De allí que toda la información que extraemos del inconsciente sea mierda: frustraciones, traumas, represiones, insatisfacciones, fobias, angustias, etc. Y bueno, ya sabemos que de toda esa mierda están hechas las expectativas sobre los hijos.

7) El vecino: la verdad como diagnóstico. Por último, llegamos a una forma de verdad que no está en el entorno familiar sino por fuera de él, concretamente en el barrio. Se trata del vecino, una figura híbrida de la vida cotidiana porque es parte de ella sin serlo del todo; nos relacionamos con el vecino sin profundizar demasiado y, no obstante, decimos «lo conozco». Al mismo tiempo, el vecino «nos conoce»: sabe más o menos quiénes somos, qué hacemos, con quién andamos. Todo visto desde afuera, claro. Los vecinos son una instancia espontánea de vigilancia. Esto explica, por un lado, el condicionamiento que uno tiene al hablar con el vecino: se intuye que sabe mucho de uno, entonces referir a ello —explícita y directamente— sería algo muy inapropiado (exceptuando a las ancianas curiosas que gozan de impunidad pre mortem). Y, por otra parte, también explica por qué hablamos con el vecino sobre pronósticos meteorológicos, resultados futbolísticos, dineros públicos mal invertidos o robados, crónicas policiales del barrio más temido, etc. Quiere decir, pues, que el vecino es alguien con quien hablamos sin comprometer realmente lo que pensamos y sentimos y, gracias a esto, con él podemos hacer diagnósticos de actualidad. De hecho, el vecino constituye la fuente de todo diagnóstico de actualidad. En él se agolpan toda clase de predicciones y prospectivas científicas, estimaciones fundadas y teorías sensatas sobre el origen y el fin del mundo. Y, por tal razón, su figura representa a la verdad como diagnóstico.
¿Qué tipo de expresión le corresponde a esta última forma de verdad? Bueno, no se trata de una actividad sino más bien de una situación: el saludo de paso.

—Buen día Julio, ¿cómo le va?
—Bien mijo, bien. Pero Ud. ya sabe cómo nos tienen a nosotros los jubilados, ¿no?

Algo por el estilo. O también uno más joven:
—En qué andás cabeza, ¿todo bien? Hace tiempo que no te veía por acá en la vuelta. ¿En qué andás, curtiendo novia? ¡Cómo están las pendejas ahora!, ¿viste lo que es? Tremendo. Yo te digo que así como está la cosa, voy preso loco…
Tanto el jubilado como este muchacho hicieron referencia a un diagnóstico tácito, a saber: el primero de orden económico-político y el segundo de orden sociocultural. Pero lo hicieron sin ninguna intención de ahondar en el tema. Lo hacen a la pasada. Como saludarse de lejos, un ¡qué hacé cómo andá! y seguimos de largo.
Y así, como quien no quiere la cosa, accedemos a otra forma de verdad en la vida cotidiana, los diagnósticos de actualidad, fruto de esas breves interacciones entre gente que se encuentra a menudo pero con poco tiempo y escasa confianza.

                                                                               * * *
Hemos visto siete formas de verdad o, para volver al concepto desarrollado al inicio, modos de verosimilitud en la vida cotidiana. Ninguno de los casos representados es excluyente del otro sino que todos son complementarios e intercambiables entre sí: un padre puede hacer de abuelo y expresar la forma de verdad como ideal, una pareja puede sustituirse por un hijo y así manifestar la verdad como expectativa, etc. ¿Cuál es la utilidad de todo esto? Se trata, como siempre en la filosofía, de reflexionar sobre uno mismo y, en este caso, reflexionar a propósito del entorno en el cual nos hemos socializado: qué he estado siendo en mi vida hasta ahora, cómo lo he sido, con quién (y contra quién) he vivido, en fin, hasta qué punto he ejercido mi libertad para decidir y en qué medida mi voluntad ha sido condicionada, ¿se entiende? Por ahí venía la mano. Yo sé que no soy británico ni ando en silla de ruedas, pero al menos trato de escribir con sinceridad.

 

Berlín, 14. VII. 2016

Mateo Dieste

 

 

 

 

 

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