La saliva de Benni (cuento)

20120826195952_025La biblioteca principal de la Universidad Humboldt de Berlín, bautizada Grimm-Zentrum en honor a los hermanos de las gramáticas y los cuentos de hadas, es un edificio de siete pisos en el centro de la capital alemana. Los trenes que arriban a la estación más próxima, la Friedrichstraße, son como elefantes ciegos a punto de morir: se dirigen al destino final sin que nadie les indique el camino, como si fueran al cementerio.
Todos los días de la semana el Grimm-Zentrum está repleto de estudiantes. (Por cierto: ¿sabías que la palabra «estudio» proviene del latín
studium y que, originalmente, significaba aplicación, celo, cuidado? Bueno, de allí se deriva el adjetivo «estudioso», cuyo sufijo indica abundancia, es decir, refiere a la persona que estudia mucho. Como la raíz indoeuropea de esta expresión latina es (s)teu y equivale a «pegar» o «empujar», podríamos decir que el estudioso sería entonces aquel que «le pega a los libros». Y, curiosamente, de studium también surge otro adjetivo, «estúpido», derivado del verbo stupere que significa «quedar paralizado, aturdido». De este modo, la etimología nos está enseñando que el estudioso, de tanto pegarle a los libros, ¡queda como idiotizado por ellos y se vuelve un estúpido!).
En fin, no sé si me seguiste en estos razonamientos, pero no podía evitar transmitírtelos
es lo que pasa cuando uno consulta un diccionario etimológico, ¿viste? Pero a lo que iba con todo esto, es que son precisamente este tipo de estudiantes, más estúpidos que estudiosos, quienes hacen del Grimm-Zentrum una especie de centro comercial o, mejor dicho, de shopping center. Me refiero a los autómatas y domesticados que nunca te sorprenden, que cumplen todo lo que uno debe hacer para ser una buena persona y tener tarjetas de crédito. Por eso me gusta sentarme en la cafetería, así me entretengo y los observo como monos enjaulados en sus aspiraciones de éxito profesional, mientras leo alguno de los libros gordos, serios y académicos que frecuentemente me llevo de la biblioteca. En relación al sur de Alemania y otras ciudades como Hamburgo, Bremen, Frankfurt o Colonia, Berlín sigue siendo una ciudad pobre. En todos sus barrios (incluso también Mitte, donde es
tá montado el teatro de estereotipos para los turistas) uno puede ver excluidos y marginales sociales, los Obdachlosen. A mí me gusta llamarlos «reventados», pues la pobreza alemana no conlleva desesperación y violencia: nadie interviene aquí en la vida ajena de los demás. Los reventados deambulan por ahí, solos, quizás con algún perro mestizo, pero esencialmente solos. Son reventados, entonces, porque no «revientan» a nadie más que a sí mismos. Van como fantasmas sin molestar a nadie, como si alguien los hubiera colocado en la vida diaria para retratarnos el sistema de mierda al que pertenecemos.
El horario habitual del Grimm-Zentrum es generoso: de las ocho de la mañana hasta la medianoche. Esto ofrece un cierto refugio a los reventados, sobre todo cuando hay nieve o tormenta. Generalmente empiezan a entrar cuando a mí me gusta ir, sobre las siete de la tarde. ¿Por qué me gusta ir a esta hora? Justamente porque ya no hay tantos
estudiosos dando vuelta; porque reina el silencio y la cafetería cerró sus puertas al público.
Mientras aprendía algunos adjetivos de griego antiguo, estalló una tormenta eléctrica. A esa altura eran más o menos las nueve y a mí alrededor ya se habían instalado cinco reventados, pues tenían hasta medianoche para resguardarse del frío y de la lluvia.
Se escuchaban truenos con la misma fuerza que una comparsa de tambores.
De pronto oí unos gemidos algo perturbadores, guturales, como de un sordomudo, pero en un extraño tono festivo. Era Benni, un joven retardado y paralítico que pasa sus días en el Grimm-Zentrum. Pasó a mi lado en su silla de ruedas electrónica, moviendo los únicos deditos que todavía no tiene atrofiados, luciéndo orgulloso los hilos de baba que le chorreaban de su boca, reclinando con dificultades su cabeza hacia atrás. Sin detenerse nunca, se topó con dos mujeres
dos reventa
dasy de inmediato les mostró los dientes. Una de ellas lo saludó muy amablemente y le preguntó cómo se encontraba. Benni, excitado por la oportunidad de hablar con alguien, primero se escupió a sí mismo, luego meneó su cabeza hacia los costados, estirando sus deditos y dejándolos tensos, como si tuviera que realizar una prueba de atletismo. Finalmente, emprendió la trabajosa tarea de intentar responderle a la mujer… en el aparato generador de voz que lleva incorporado a la silla de ruedas. Tras unos cinco u ocho minutos, logró exclamar en alemán:
¡Ein Gemeinschaftserlebnis! ―por medio de esa voz artificial, neutral, robótica, que emite su aparato (sí, igualita a la de Stephen Hawking). Benni gimió una vez más y volvió a mostrar sus dientes.
―¡Oh, una vivencia colectiva, es cierto! ―respondió la mujer y se rió junto a él. Benni dio una vuela en su silla de ruedas, se babeó otro poco y luego siguió conversando con ambas mujeres. Yo me incorporé en dirección al baño, pero él se interpuso en mi camino. Se quedó allí, observándome, sin estirar sus deditos ni sacudir su cabeza, sin intentar digitar nada en su aparato. No me atreví a mirarlo a los ojos, me hice a un lado y seguí mi rumbo.
Cuando entré al baño me sentí a salvo. Cerré la puerta y me senté en el inodoro. Abrí uno de mis libros gordos, serios y académicos. Me llamó la atención que un libro de préstamo estuviera tan subrayado y aun escrito en los márgenes. Pero todavía más interesante fue encontrar detrás de la solapa una de estas hojitas
Post-it, de color amarillo, con una anotación en alemán que más o menos pude traducir así:

«Regla de la bola: Siendo X una pareja, cuyos miembros son A y B, se cumple que:
Bola que le da A a B + Bola que le da B a A = 100%
Ergo: cuando A avanza, B retrocede y, viceversa, cuando B avanza, A retrocede
».

Me pareció una boludez, quizás de algún estudiante de matemáticas o qué sé yo. De todos modos, me llamó la atención que leyendo un libro sobre la Revolución Taiping, a alguien se le hubiera ocurrido anotar esas observaciones… no sé de qué tipo, ¿geométricas?
En ese momento me llegó un mensaje de texto. A decir verdad, no me encontraba en una situación oportuna para leerlo, pero bueno, viste cómo es hoy en día: ¡incluso expulsando un sorete estamos inducidos a comunicarnos! Así que ingresé mi contraseña, desbloqueé la pantalla y leí el mensaje. Efectivamente, era el mensaje que no habría querido recibir ese día:
Hola 🙂 He estado pensando mucho en nosotros, en vos, en mí… En lo mucho que te quiero, en las cosas que vivimos juntos. Pero también en las expectativas frustradas, los sueños destruidos, las heridas abiertas… No quise a
nalizar mucho nuestra relación. Ahora sólo tengo el deseo de terminarla. Lo necesito hacer por respeto a mí, por respeto a vos: por lo mucho que te amo. Cuando leas este mensaje, ya me habré ido de Berlín. Por favor no me escribas. Me voy a masturbar pensando en vos…
En lo primero que pensé fue en el odio infinito que me generaba, por un lado, ese puto emoticón smiley que se le antojó poner ahí al principio del mensaje y, luego, en esos insoportables puntos suspensivos que dejó al final. Pero mientras releía obsesivamente una y otra vez el texto, me di cuenta que me había quedado sin papel higiénico. Era algo obvio, previsible, que sólo pasa en las películas, pero ahora era real porque me estaba sucediendo a mí. Así que hice una de esas cosas que uno ni siquiera revela a su más íntimo amigo: me quité una de las medias y la usé. Lena me habría adivinado.

Abatido e impotente, con asco de mí mismo, salí del baño y lo único que deseaba era irme lo antes posible a mí casa.
El Grimm-Zentrum era un verdadero desierto. Apenas unos reventados echados por ahí, dos bibliotecarios y un guardia de seguridad. La cafetería vacía, con las puertas cerradas y las sillas encima de la mesa. Si hubie
ra visto a alguno de los estudiosos, por lo menos hubiera tenido a alguien a quien despreciar. Pero claro, los estudiosos regresan puntualmente a las seis de la tarde a sus casas. Todos, sin excepción. Llegan, saludan a sus compañeros de piso, se quejan del horrible día que tuvieron, cocinan algo sin demasiada elaboración, discuten sobre los productos orgánicos y las manifestaciones del PEGIDA, etc. Eso demora unas dos o tres horas. Después a la cama y al otro día a repetir lo mismo. Hasta que un día se mueren.

                                                            * * *

Antes de abandonar el Grimm-Zentrum, recordé que debía devolver uno de mis libros gordos, serios y académicos. Cuando estaba ante la máquina de devolución, tuve que arrodillarme y apoyar mi mochila sobre el piso porque estaba bastante cargada y yo no encontraba el texto en cuestión uno que, por cierto, también abordaba la Revolución Taiping, pero no desde un punto de vista histórico sino más bien espiritual. Con una mano saqué el libro desde el fondo de la mochila, lo abrí para verificar que no tuviera ningún daño y, mientras pasaba las ojas, cayó desde arriba una gota enorme de un líquido transparente y viscoso, justo en el medio del texto. Miré hacia arriba y descubrí a Benni, serio, con sus ojos clavados en el libro, abalanzado hacia mí, como babeándose casi a propósito sobre mi existencia. Me aparté de él y gimió, ahora sí estirando sus dedos y echando la cabeza hacia atrás. Le pregunté si me quería decir algo y, a su modo, asintió. Tras unos cinco u ocho minutos digitando en su aparato, me preguntó:
Wolltest du den anderen Band mit nach Hause nehmen?
¿Te referís al primer tomo sobre la Revolución Taiping? ―le repliqué yo y Benni, rápidamente, me hizo entender que sí.
―¿Pero te molesta si me lo llevo?
Das ist das letzte Buch, das ich gelesen habe!
Supuse que Benni quería decirme algo más, entonces saqué el tomo correspondiente de mi mochila y, probando suerte, le señalé la anotación del Post-it. Él gimió y se esforzó por mover su cabeza únicamente hacia la derecha. Comprendí que debía dar vuelta la hojita amarilla. Benni no emitió ningún sonido y esperó a que leyera aquella «regla de la bola»:

«Siendo X una pareja, cuyos miembros son A y B, se cumple que:
Bola que le da A a B + Bola que le da B a A = 100%
Ergo: cuando A avanza, B retrocede y, asimismo, cuando B avanza, A retrocede
». 

Cerré el libro y me atreví a mirarlo directamente a los ojos. Benni me sostuvo fijamente la mirada: un minuto, dos minutos, muy cerca de mí. Luego cerró sus párpados, los volvió abrir, gimió y me mostró los dientes.
Limpié mi rostro y partí.

                                                                                                             Mateo Dieste.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s