Carlos Maggi: un pensador olvidado

Carlos-Maggi
En el día de hoy, 15 de marzo de 2015, falleció a los 92 años Carlos Maggi. Como tantos otros, tuve el privilegio de conocerlo. Maggi era un tipo abierto, entusiasta, cariñoso, que de inmediato te trataba como a un gran amigo. De nuestras conversaciones en su casa de Las Toscas, me quedaron muchos aprendizajes y lindos recuerdos. Pero como no soy demasiado afín a los oportunismos necrológicos que no dicen nada, prefiero hacer un breve repaso de su obra ensayística para interrumpir un poco la amnesia (por cierto uno de los grandes talentos uruguayos). Porque Carlos, además de dramaturgo, periodista, historiador, libretista y cuantas cosas más, fue un tipo que jamás dejó de pensar a su país. Y si bien yo no estoy de acuerdo con todas sus ideas, creo que vale la pena saber lo que ha escrito para valorarlo mejor. Lo que sigue es la versión editada del artículo homónimo, publicado en un trabajo anterior (1).
* * *
En 1963 Carlos Maggi publicaba en Montevideo un pequeño libro incomprendido para esos años: El Uruguay y su gente. Paradójicamente, se agotaban sus ventas en noventa días. Luego se reeditaría varias veces antes de ser retirado de librerías y destruido en 1974 bajo la dictadura cívico-militar. Se trataba de un ensayo muy crítico, de prosa exquisita, extraordinariamente comunicativa con el público al que se dirigía; visionario y relativamente vigente en algunos de sus puntos de vista y, en efecto, bastante raro para nuestros días.

Mientras todos los intelectuales de la época se dedicaban a problematizar la realidad desde enfoques principalmente socioeconómicos e históricos, un muy respetado dramaturgo y provocativo periodista, un polifacético escritor se animaba a participar en el debate con un aporte de mayor profundidad. Carlos Maggi miraba la cultura: nuestros valores y conductas, nuestras aspiraciones e ideales eran interpelados para demostrarnos que, además de combatir la explotación y dominio extranjeros, también era necesario intentar cuestionarnos para evitar la perjudicial actitud infantil de atribuir únicamente culpas ajenas a los problemas de nuestra vida. Esto significaba que el análisis de las demandas sociales debía ser complementado con una fuerte autocrítica que fuera capaz de protegernos, por ejemplo, de la holgazanería o el arribismo ―factores que a menudo develan el origen de varias protestas y reclamos de carácter corporativista. Para contextualizar y aventurar una explicación de aquella incomprensión, naturalmente hay que recordar qué le pasaba al Uruguay desde el cual hablaba Maggi.

Sin haber aprovechado el auge económico facilitado por la primera y la segunda guerras mundiales y la Guerra de Corea, el país asimilaba por fin las consecuencias de no haber completado la modernización de la producción ganadera iniciada alrededor de 1850. Las prestigiosas conquistas de una vanagloriada democracia ahora se relativizaban ante una crisis que, suspendida irresponsablemente por sucesivos gobiernos, se apropiaba de la oportunidad que se le había prometido tiempo atrás. La ausencia de una tecnificación de la ganadería, el descenso de los precios y la falta de respuesta de los ganaderos ―ya acostumbrados a una riqueza sin demasiado esfuerzo― fueron los factores decisivos para el estallido de la crisis. Era la caída del modelo que Marcelo Cavarozzi ha denominado como «matriz Estado céntrica» y que, desde 1957, generaría en Uruguay un estancamiento económico sostenido durante dieciocho años.

De este modo, muchos de los integrantes de la autodenominada «generación del 45», «generación crítica» o «generación de Marcha», según distintas ópticas y temperamentos, se vieron constreñidos a asumir cierto compromiso e incluso a ensayar soluciones posibles. El maestro y «padre» de todos ellos, Carlos Quijano(2), en 1958 abandonaba el Partido Nacional para anunciar su adhesión al socialismo. El triunfo de la revolución cubana en 1959 (única exitosa en Latinoamérica), arrojaba una enorme esperanza y demostraba ―en contra de viejos revolucionarios como Betancourt, Haya de la Torre, Paz Estenssoro, etc.― que las reformas e innovaciones tan buscadas no necesariamente debían contar con la aprobación de EE. UU. y que, entonces, no era absolutamente imposible construir aquí «un mundo mejor». Lo cual se añadía al mismo tiempo a un contexto de «Guerra fría», en donde Latinoamérica pasaría a integrar los territorios estratégicos de una creciente hegemonía político-militar de la superpotencia norteamericana.

Surgieron nuevos espacios para expresar futuras preocupaciones nacionales, a veces perfilados hacia una pretendida «conciencia latinoamericana» (por ejemplo las revistas Nexo o Tribuna Universitaria, fundadas en 1955), otras hacia la elaboración de informes técnicos imprescindibles que nunca habían sido realizados en el país (CIDE, 1960). En la década de 1960 aparecen obras tan enriquecedoras, pertinentes e innovadoras, como divergentes en su encare de la problemática nacional: Carlos Real de Azúa, Vivian Trías, Alberto Methol Ferré, Luis Pedro Bonavita, Roberto Ares Pons o Daniel Vidart, entre otros, registran a su modo al menos un texto representativo de las urgencias o intereses intelectuales de la época. Nace además la obra de José Pedro Barrán y Benjamín Nahúm, la cual echó las bases ―como se sabe― para una historiografía nacional rigurosa y exhaustiva, «profesional» diríamos, como nunca antes había sido lograda en el Uruguay.

Vemos, pues, que se trataba de analizar el contexto económico y social, diagnosticarlo y esbozar siquiera una orientación posible, tanto para comprender como para incitar algún tipo de acción social específica. Por tanto escribir, por ejemplo: «Las máquinas pasan, las estadísticas y las estructuras pasan y hasta las crisis pasan y aun los hombres pasan fatalmente; pero la cultura queda. La educación se contagia y es hereditaria y recesiva; después que prende en un pueblo lleva siglos hacerla retroceder y renace en cualquier instante. Y sucede […] que la cultura, además de darle sentido y dignidad a la vida de cada uno y de perdurar por sí misma, es un factor económico ―tal vez el principal― para la obtención del bienestar físico»(3). Evidentemente esto no tenía nada que ver con el agitado y desconcertante ambiente de crisis de aquel momento.

La primera promoción del 45 había intuido y pronosticado la crisis, pero es la segunda la que viene a combatirlo y querer cambiarlo, pues ya se asomaba a una realidad visiblemente herida. Incluso Eduardo Galeano, tal vez el más talentoso y promisorio de esta última serie, concentró su rica pluma en las precipitaciones coyunturales de su día y fue consagrado ―si bien hoy su obra puede enriquecernos mucho más― como maestro de adoctrinamiento ideológico. Sólo mediante el estudio de esa década única en la historia uruguaya, comprenderemos cómo los tupamaros pudieron concebir algo tan radical como una guerrilla armada en un país de viejos. Y es que si no evocamos de algún modo lo que se sentía en esos años, no vamos a entender nada de por qué Maggi escribía para un público inexistente o, en el mejor de los casos, para un público del futuro.

El Uruguay y su gente obtuvo escasas repercusiones. La crítica se concentró en adjudicarle a Maggi equivocaciones e imprecisiones respecto a la historia uruguaya del siglo XIX y generalizaciones que, supuestamente, creaban una imagen falsa del país. El primer punto, sólo revestía un interés al detalle que no afectaba el razonamiento principal del ensayo, pues no alteraba las conclusiones de éste; el segundo, en cambio, se fundaba en que Maggi retrataba a un Uruguay que sólo era válido para los habitantes de cierta clase media acomodada y que, en función de ella, construía un Uruguay que no reflejaba a «todas las realidades sociales». Pero el error de esta crítica ―generacional― se halla en que interpreta el pensamiento de Maggi en un sentido cuantitativo y no desde un punto de vista comprensivo de las normas simbólicas que rigen una cultura específica. Se limitó a destacar que para una determinada cantidad de personas, la situación socioeconómica era distinta y que no debía incluirse a éstas dentro de, por ejemplo, una de las descripciones personales del autor: «[…] el problema de nuestro país son los uruguayos. Estamos entregados. Es más: nos molesta la presencia o la actividad de un enloquecido, un fanático, alguien dado con alma y vida a su actividad. Nos interrumpe el mate»; «Y lo más triste: aquí la felicidad no consiste en superar dificultades, la felicidad consiste en no tener dificultades».

Se acusó a Maggi de promover una visión que no se correspondía con todos y cada uno de los habitantes de aquel Uruguay, pero ello nos revela hoy la idea errónea de que la sociedad es la suma de sus individuos; idea que sin duda ignoraba las construcciones colectivas de sentido y la gestación folclórica de discursos simbólicos, ambos factores que tienden a influir y condicionar ―pero nunca a determinar totalmente― nuestras conductas y actitudes vitales. Como antes Piria(4), Herrera y Reissig(5) o Vaz Ferreira(6), Maggi hizo una contribución para identificar cuáles eran las pautas culturales dominantes del Uruguay, esto es, aquellas que lo son justamente porque la cultura a la que pertenecen es incapaz de dialogar con otras y acaba siendo hegemónica: cualquier otra cultura local o regional del Uruguay, deberá asumir los códigos de comunicación que aquélla establece o no será visible más que para sus reducidos integrantes.

Esa cultura dominante ―hoy incubada en Montevideo y de tipo mental-gerontocrática― impone valores y sentidos a todos los individuos, y el rebelde que no los obedezca pagará el precio de la exclusión o la indiferencia. La integración social del uruguayo equivale, entonces, a cumplir aspiraciones ideales para conservar un orden cultural-imaginario, nutrido de cierta autopercepción idiosincrásica que nos agrupa a todos en un conjunto hermético de hábitos y costumbres pintorescos. Sin embargo, esto no es nada típicamente uruguayo, sino mundial: es lo que crea cualquier cultura posindustrial urbanizada para vivir mejor según la creencia de que, más allá de las diferencias, existe cierta unidad colectiva.

Pero hay más: si bien de un modo intuitivo y no metódico, el modelo de crítica que ejerce Maggi no está predestinado al Uruguay y es capaz de superar el presupuesto epistemológico de leernos en clave de «nación-uruguaya». Esto nos ayuda a reconocer que la pregunta por la llamada «identidad nacional», refiere más a un síntoma de la globalización contemporánea que ―por decirlo así― a una búsqueda de conocimiento con pretensiones universales. Por tales razones, hay que atreverse a realizar un modo ambicioso de crítica global sobre nosotros mismos que sea apto para prevenirnos de los riesgos de una cultura gerontocrática afectada de provincianismo, es decir, de la incapacidad para escuchar otras voces que no procedan desde los parámetros que, previa e inconscientemente, dicha cultura reclama.
* * *
Es importante precisar que la valoración que recibió El Uruguay y su gente fue hecha, principalmente, por los coetáneos de Maggi, es decir, por la «generación del 45» o «generación crítica» (así bautizadas, respectivamente, por Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama). Ninguno de los críticos que se pronunciaron en su contra (por ejemplo: Arturo Sergio Visca, Emir Rodríguez Monegal o Ruben Cotelo(7)), vivió lo suficiente como para constatar las insistencias que Maggi realizaría en diversos contextos nacionales. A partir de la transición democrática, publicó títulos como Los militares, la televisión y otras razones de uso interno (1986), donde promovía ―sin rencor ni desprecio― un acercamiento hacia los militares derrotados para lograr una mejor convivencia social, lo cual se desprendía de su enfoque cultural y educativo que, antes que evaluar sanciones y condenas, priorizaba la formación cívica de las futuras generaciones. Por otro lado, tanto en esa obra como en El Urucray y sus ondas (1991), Maggi expuso novedosas ideas sobre la regulación de los medios de comunicación y la programación televisiva en el Uruguay, tales como las posibles «repercusiones culturales» de algunas series y películas de Hollywood que, en aquella década, exhibían inusual violencia, consumo de drogas u otros comportamientos eventualmente no ejemplares para los escolares. Y hay que destacarlo: jamás invocó argumentos reaccionarios del tipo «recuperar los grandes valores» o conservar la «tradición democrática» del Uruguay.

A los títulos mencionados, le siguieron El Uruguay de la tabla rasa (1992), La reforma inevitable (1994) y El fin de la discusión (2002), tres volúmenes que recopilan sus notas en medios gráficos (sobre todo aquellas escritas desde 1993 para el diario El País). De este tríptico de actualidad y pensamiento coyuntural, por la diversidad de temas y la originalidad de algunos de sus planteos, pienso que el mejor es La reforma inevitable. Allí es donde Maggi se distancia con más claridad de la «generación crítica». Le atribuye a ésta cierta soberbia y desprecio a la hora de juzgar, por ejemplo, las teorías económicas de la Escuela de Chicago, pero omite hablar de sus preferencias estéticas y literarias, las cuales en cierto sentido contribuyeron a excluir u olvidar escritores como Julio Ricci, L. S. Garini, Jorge Musto, Ariel Méndez, Alfredo Gravina o incluso destacados pensadores como Manuel Arturo Claps, Juan Luis Segundo o Luce Fabbri. Por último ―aunque no menos importante― La reforma inevitable es en varios de sus pasajes un llamado a la juventud, la convocatoria a una «nueva generación» que vale la pena traer a colación: «Cuando las condiciones cambiaron, cerrar los ojos y mantenerse “en la mala”, es más triste que estar trasnochado, es cursi. Lo terrible es que a un melancólico, el abandonar la melancolía, lo pone melancólico. (Melancolía, mala enconía, encono malo). ¿Cómo escupir los demonios (los tics) correspondientes a esa mentalidad desahuciada, emperrada en ver todo mal? Para vivir en un país más orondo, bastaría una camada de jóvenes con sentido del humor, capaces de poner en ridículo a esos tipos con cara de gol en contra»(8).
Estas últimas obras, sin embargo, no parecen haber merecido nuevas interpretaciones, sino que han sido recibidas bajo la óptica generalmente politizada o, como se decía antes, «ideologizada» de algunos críticos. Siguiendo las apreciaciones de Carlos Real de Azúa en su Antología del ensayo uruguayo contemporáneo (1964), escribe Oscar Brando: «Esa primera transformación que lo convirtió en temprano “preocupado” o moralista, diagnosticador ambicioso y epidérmico de “nuestras culpas, nuestros lastres, nuestras fatalidades, nuestros enemigos”, recrudeció en la última década de su actividad ensayística (1990 en adelante), admonitoria, severa, profundamente conservadora. Eso es Maggi en los primeros años del siglo XXI: un memorioso entrañable de su época dorada y de otro Uruguay que él vivió, un arbitrario “historiador”, un polemista vivaz pero sesgado por el pensamiento neo-conservador que da materia semanal a sus intervenciones periodísticas»(9).
Una lectura casi idéntica, pues, a la interpretación de Real de Azúa y, además, también sesgada por lo que ella misma denuncia: un pensamiento conservador, puesto que Brando conserva los mismos prejuicios que sobre Maggi tenían muchos de sus contemporáneos, a saber: que por el hecho de colaborar en diarios como Acción o El País, es decir, en los así llamados «diarios de derecha», el autor no es más que un vocero de tal o cual línea editorial y, en consecuencia, toda la crítica obtiene el derecho de juzgarlo sin analizar el contenido de sus textos. En el fondo, Brando continúa siendo deudor de la idea gramsciana de «intelectual orgánico», la cual supone que, dada una sociedad balcanizada por la explotación del capitalismo, o bien la tarea de los intelectuales es la justificación ideológica de la «clase dominante», o bien la defensa (ideológica) en favor de la «clase proletaria».
* * *
Especial mención merece uno de los últimos trabajo de Maggi, 1611-2011 Mutaciones y aggiornamentos en la economía y cultura del Uruguay (2011), pues constituye un ápice en su trayectoria como ensayista. En él analiza la historia económica uruguaya para demostrar que, mediante cifras macroeconómicas e informes periodísticos, no siempre la cultura es el producto de una coyuntura económica.

Conviene aclarar que las nociones de «cultura» que Maggi emplea a lo largo de esta obra son ambiguas y, a decir verdad, carecen de rigor conceptual y la mayoría de las veces caen en falacias naturalistas, pero luego toman mayor precisión cuando son acompañadas de un escenario concreto. Así, el Uruguay del 900 es desmitificado como época de constante prosperidad(10). El autor pone énfasis en que, pese a que el PBI cayó un 23% entre 1913 y 1916 y demoró más de un lustro en recomponerse ―incluso con un Banco República fundido, la inconvertibilidad impuesta por decreto en 1914 y a continuación una ley de «curso forzoso riguroso» de los billetes emitidos― predominó un optimismo que hizo posible lo que Maggi denomina «aggiornamento cultural». Escribe el autor de Polvo enamorado (1951): «Lo que fulguró entonces fue un cambio vital que indujo a pensar en tiempos de gran bonanza, sin que hubiera economía creciente. Había nacido un modo nuevo de percibir al otro. Se repudió la guerra y se desarrolló el derecho laboral […]»(11). La sociedad uruguaya de principios de siglo XX, dice Maggi, tuvo un «cambio psicológico» porque la gente se había convencido del fin de las guerras: se pudieron proyectar con ambición gracias a ese nuevo «estado de ánimo» que provocaba un tiempo de paz.

Es cierto que Maggi permaneció fiel a su tesis de 1963. De lo que se trata es de los «hechos formativos de la gente». Sin embargo, en su última obra se superó a sí mismo y elaboró un pensamiento culturalista más preciso: es el diagnóstico socioeconómico en base a la crítica los modos y grados de politización del país (entre los cuales se cuentan desde luego las formaciones ideológicas). Esto le permite alcanzar un horizonte algo más interesante, pues se ubica más allá de cualquier simpatía partidaria. Nos permite comprender que la constitución de una sociedad no se reduce a las orientaciones ―y aun conducciones― de los partidos políticos, sino que es tanto el reflejo de sus contingencias económicas como el de su propia diversidad. Maggi nos concede asimismo un margen de acción: si las cosas no dependen únicamente de los políticos, podemos cambiar y decidir sobre una situación concreta. Pero esto requiere el esfuerzo de reconocer en qué contexto vivimos, justamente para no tomar interpretaciones anacrónicas como si fueran diagnósticos de actualidad. A estos efectos, la obra de Carlos Maggi es sin duda una contribución de gran valor.

Por esta razón yo pregunto: ¿hasta cuándo vamos a seguir ignorándola?

Mateo Dieste.
Berlín, 15.V.2015

Notas

(1) V. Dieste, Mateo: Filosofía del Plata y otros ensayos, Berlín: Epubli, 2013, pp. 114-125.
(2) Quijano completa, por cierto, la tríada de grandes maestros uruguayos del siglo XX junto a José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira. Personalmente, diría que se trata de un cuarteto donde no puede faltar Arturo Ardao.
(3) Maggi, Carlos: El Uruguay y su gente, Montevideo: Alfa, 1967, p. 122.
(4) Curiosamente, el primer libro de Francisco Piria, publicado en 1880 bajo el seudónimo de Patrick Henry, se tituló: Las impresiones de un viajero en un país de llorones.
(5) V. Herrera y Reissig, Julio: Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer, edic. a cargo de Aldo Mazzucchelli, Montevideo: Taurus, 2007.
(6) V. Vaz Ferreira, Carlos: Moral para intelectuales, Montevideo: Cámara de Representantes de la R.O.U., 1963.
(7) Este último, sin embargo, escribió más tarde un prólogo para la redición de El Uruguay y su gente (2001), donde reconocía los aciertos del diagnóstico cultural de Carlos Maggi.
(8) Maggi, Carlos: La reforma inevitable, Montevideo: Ediciones de la Plaza, 1994, p. 130.
(9) Brando, Oscar: La generación del 45, Montevideo: Editorial Técnica, 2002, p. 48.
(10) Que el Uruguay ya estaba en crisis antes de haber sufrido las consecuencias de la Gran Depresión del ‘29, es una tesis que ya había sido demostrada por Raúl Jacob. V. Jacob, Raúl: Depresión ganadera y desarrollo fabril. Uruguay 1929-1938, Montevideo: F.C.U., 1981.
(11) Maggi, Carlos: 1611-2011 Mutaciones y aggiornamentos en la economía y cultura del Uruguay, Montevideo: Fin de Siglo, 2011, p. 47.

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