Seamos todos monjes tibetanos.

Vengo a quebrar una lanza por ellos, los únicos que le han dado una respuesta sólida y definitiva a la pregunta por el sentido de la vida. Me refiero a los muchachos del Tíbet, esos calvos divinos comehierbas, que deambulan semidesnudos en túnicas y dedican su tiempo a cultivar la armonía interior.

Para ellos el silencio es más valioso que las palabras, por eso los más grandes Dalái Lamas de la historia eran mudos (no como el que está ahora que da conferencias motivacionales en inglés por todo el mundo y cobra en dólares).

Los monjes tibetanos nos ofrecen una sabiduría ancestral, en donde la condición humana no se vuelve divina. De allí la capacidad de esta gente para iluminarnos en nuestra vida cotidiana, siempre con atinados consejos para la acción.

Mientras el filósofo Immanuel Kant afirmaba que el ser humano era incapaz de responder con absoluta certeza las tres preguntas que definen su existencia, nuestros amigos del Tíbet sostienen lo contrario y contestan con una profunda sensibilidad espiritual:

¿Qué debo hacer? Un tecito de manzana.
¿Qué puedo saber? Que con demasiada azúcar queda feo.
¿Qué me está permitido esperar? Dos minutitos para no quemarse.

Ellos son así de simple, ¿viste? ¡Por eso los queremos tanto! Y claro, uno se podría preguntar cómo pueden estos monjes vivir así, ¿no? La cosa no tiene demasiado misterio: ellos se aislan en un templo alejado de la civilización y listo, a tomar por culo.

Ayer me explicaba mi amigo Roco, otro gran admirador de esta gente, que un monje tibetano es una persona con los pies en la tierra y, a diferencia de todos nosotros, ha comprendido que el ser humano no se la banca, es decir, que no puede convivir con su prójimo. En consecuencia, lo mejor para ellos es irse a vivir al culo del mundo, afeitarse la cabeza y no parar de meditar.

Claro, no faltan los malintencionados y envidiosos que quieren ser como ellos y por ello los imitan o les roban sus ideas. Es el caso, por ejemplo, de los muchachos del Estado Islámico, cuyos videos de decapitaciones muestran a sus víctimas con una túnica naranja, justamente para provocar la imperturbabilidad de los tibetanos y dañar su imagen de inclaudicables pacifistas. ¿O qué me dicen de los prisioneros de Guantánamo, cuyos trajes son de color naranja por decisión expresa de la Casa Blanca? Obviamente, un plan de EE. UU. para sugerir la idea de que en esa prisión rige únicamente paz y armonía.

En fin, el hecho es que nos queremos ir al Tíbet. Dejemos ya de protestar en contra de la corrupción y la impunidad, el narcotráfico, las multinacionales, la contaminación del planeta y el maltrato animal. Dejemos de quejarnos del costo del Estado, el conformismo, la falta de educación y la crisis de valores. Basta ya de seguir tolerando tantos mandatos sociales y seguir con tanta contradicción ética. Así que seamos de una buena vez consecuentes con lo que siempre quisimos:
Una buena rapada, un par de telas sobre el cuerpo, dos o tres yuyos por día y que reviente el mundo… 

Mateo Dieste

24.IV.2015

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