Diálogo íntimo con la filosofía analítica.

Hay filosofías que hacen daño. Uno se da cuenta sobre todo por sus seguidores: son fanáticos, gregarios, unidimensionales. En el siglo XX, además del reciente posmodernismo francés, ha sido la filosofía analítica quien nos ha empobrecido considerablemente. Ella ha impuesto al dos más dos son cuatro como lo más importante del pensamiento. Ha reinterpretado toda la historia de la filosofía europea para convencernos de que, efectivamente, los filósofos más interesantes fueron aquellos tipos modestos con sentido común, cuyo trabajo se redujo a probar la validez de tal o cual principio lógico, es decir, aquellos que entendieron al lenguaje como el problema humano más importante de todos. Las preguntas que nos parten la cabeza y nos cambian la vida, a saber: «¿quién soy?», «¿por qué hay algo y no más bien nada?», «¿qué es la felicidad?», «¿cómo llego a saber algo?», «¿por qué me muero?», «¿qué es el amor?», etc., no le importan a la filosofía analítica porque afirma que están mal formuladas. Y así, con ese postulado hermético, desprecia gratuitamente a una gran cantidad de filósofos griegos, medievales, renacentistas y, obviamente, ignora por completo a los filósofos latinoamericanos, chinos, árabes o africanos. Pero además, la filosofía analítica ha querido siempre luchar por imponer su tono. Yo soy alguien que le da mucha importancia a la gestualidad de los argumentos, pues de lo contrario estaría creyendo que nadie los plantea, que carecen de un contexto histórico y que su discusión prescinde de los juegos de poder; en una palabra: no existe la enunciación universal.
La otra tarde mantuve un diálogo con uno de estos filósofos analíticos. Por suerte un tipo bastante abierto
—quizás demasiado para representar a esta escuela de pensamiento. Nos tomamos unas birras y pudimos hablar con más confianza, esto es, le pude formular las preguntas que nos interesan a quienes vemos en esta filosofía a un enemigo de múltiples facetas. A continuación, les transcribo una parte de la conversación (supongo que una parte interesante porque de lo contrario no la recordaría), cuyo comienzo aborda precisamente esto del «tono».
¿Cuál es el tono de la filosofía analítica?
Es un tono sobrio, asceta, moderado y previsible, de allí nuestras dificultades para abordar a los «filósofos no sistemáticos»: Platón nos vuelve locos porque se expresa en diálogos, personajes, escenas donde la gente morfa y tiene ganas de garcharse a un pibe menor de edad. Ni te digo los presocráticos, tipos que hay que rastrear entre fragmentos y obras incompletas; ni en pedo, sería demasiado para nosotros.
¿Y qué me decís de un Agustín de Hipona?
Tampoco, ni a gancho. Un tipo que fundamenta sus posturas remitiéndose a un «yo» y, por si fuera poco, te cuenta que no puede parar de pajearse, no no, ¡dejáte de joder! Pero bueno, con Descartes más o menos te la llevo, porque de última el tipo sabía matemáticas y geometría… aunque obviamente no vamos a valorar su talento de exposición, en un lenguaje tan claro y accesible para todos, muy digno de la tradición griega del diálogo y la conversación. En fin, a Nietzsche ni me lo nombres, muy difícil, muy confuso, casi tan literario como aquel sudamericano… ¿cómo se llamaba?
—¿Rodó?
—Ése, Rodó, José Enrique Rodó.
De Rousseau, entonces, ni hablamos…
—¿Pero vos estás en pedo? ¡Ni loco!
—¿Y qué me decís de Marx? Porque Marx pensó en cosas concretas, ¿no? Está bien, si querés dejáme afuera al joven de los Manuscritos económico-filosóficos, porque ahí el tipo escribe con sarcasmo e ironía, se luce como escritor y polemista, emplea imágenes y metáforas. Pero el Marx de El capital, ése sí, un tipo riguroso, denso, exhaustivo, ¿no?
—Pero zurdo, a la filosofía analítica no le gustan los zurdos.
¡Epa epa, che! ¿Pero no me dijiste que los analíticos estaban sólo para analizar el lenguaje, que sólo les interesa la lógica y todo eso?
—Y sí, justamente por eso no nos agrada Marx: porque nos obliga a pensar los problemas sociales. Y todo eso de la pobreza, la injusticia, la desigualdad, bueno, a lo sumo te podremos transar con una argumentación bien racionalista en el plano ético, pero de todos modos nos excede porque allí hay que lidiar con demasiadas incertidumbres y, sobre todo, hay que tener esperanza…
¿Y acaso ustedes no tienen esperanza en un mundo mejor?
No… ¿qué vamos a tener si estamos acá en Stanford, todo pago, nos invitan a dar conferencias en Pekín, Sidney, Pretoria y São Pablo, donde nos reciben con jugo de naranja y sandwiches de miga? No aprendemos otros idiomas porque todos hablan inglés. Los profesores nos citan, tenemos institutos y Universidades amigas en todo el mundo, organizamos los sistemas académicos, otorgamos los premios más reconocidos, qué sé yo… La verdad es que después de la caída del Muro agarramos un embale tremendo y aquello del «pensamiento único», ¿te acordás?, bueno, nos convenció de verdad: que ganamos y el comunismo estaba equivocado. Y parece que ahora todos están de acuerdo con nosotros, ¿viste? Así que no veo por qué deberíamos invertir horas en estudiar al marxismo, ¿no? Más fácil darle de baja y no patrocinar las investigaciones que estén orientadas por la obra del barbudo.
—Claro, claro, entiendo. Además la manera que ustedes tienen de comprender la filosofía, les ha permitido estrechar vínculos con sectores de la sociedad que tradicionalmente uno consideraba alejados del pensamiento crítico, por no decir contrarios a él…
Y sí, fijáte lo que hacemos con la ética: asesoramos empresas. ¿La estás pasando mal porque no sabés si tu megafábrica va a contaminar el riachuelo de un pueblito de morondanga, forzando a sus habitantes a desplazarse y buscarse otra forma de supervivencia? No te preocupes, venimos nosotros y te justificamos esa decisión con flor de argumentación racional, nombres de autores importantes y encima con el sello de la Harvard University. Después te llamás a una agencia de publicidad para que te ponga algo así como: «Fulanito asume su responsabilidad social como empresa. Tanto porciento de esta inversión será destinada a los niños del África», etc. Listo, rompé todo y facturá sin sentimiento de culpa.
Es fuerte lo que me decís…
Y sí hermano, si no te lo digo a vos, ¿a quién se lo voy a decir? Yo me metí a estudiar filosofía porque me gustaba imaginar nuevas maneras de pensar el mundo, creía que todo problema podía ser pensado desde múltiples perspectivas, me fascinaba descubrir las palabras con las cuales podía crear una idea… Después, a medida que fui aprobando materias, empecé a relacionarme con gente que buscaba otras cosas, fundamentalmente éxito y prestigio académico. Y no te miento: a mí también me gustó. Cuando me recibí, empecé a obtener cargos, asumir más responsabilidad institucional. Sentís que tenés un poquito de poder, ¿viste? Y cuando te querés acordar, bueno, no es fácil admitirlo…
—Te volviste un soldado de tu instituto de filosofía y no de la filosofía.

Éso, sí, es exactamente eso. Con mil papers publicados en revistas internacionales, una carrera académica brillante, una posición respetable en el mundo universitario, pero…
Pero de pensar por vos mismo ni hablemos…
—Cero. Alguna vez me habré dado algún gustito y escribí sobre Heráclito, Séneca, ponéle. Pero siempre con la excusa de algún detallecito editorial, una nueva traducción, y haciendo de sus filosofías otro espejo de la lógica que nosotros defendemos. Bueno, es que yo no la quiero defender más, de lo contrario no estaría hablando contigo.
—Ah bueno, pero nunca es tarde, ¡animáte a hacer lo tuyo!
—Sí, yo sé, yo sé. Te agradezco tu entusiasmo. Quisiera poder compartirlo, pero no puedo dejar de ir a lo mínimo y pensar en lo probable. Además, ¿con quién debería empezar? Me queda grande la historia de la filosofía…
—Y eso que nunca saliste de Europa y Estados Unidos, me imagino…
—Che pará, te pregunto en serio, ¿hay filosofía en otros continentes?
—Mirá, el ser humano se muere en todas partes, ¿no?
—Sí, obvio.
—Y además sabe que se muere. Ve que en su entorno la gente se muere, ¿no?
Claro, ¿y entonces?
Entonces reflexiona sobre eso. Toda persona que piensa su muerte está haciendo filosofía.
—¿Esto me lo decís vos o es de alguien más?
—¿Vos ves a alguien más sentado adelante tuyo?
—Y no…
—Entonces te lo estoy diciendo yo.
—Sí, está bien, yo te entiendo. Pero si no encuentro ninguna obra escrita de filosofía en el Congo, puedo afirmar que el Congo nunca tuvo filosofía, ¿verdad? A lo que voy es que a nosotros, es decir, quienes han sido siempre mis colegas (los filósofos analíticos), a ellos jamás les importó averiguar si hay o no hay filosofía en otros países fuera de Europa y Estados Unidos.
—¿Y a vos por qué te parece que ha sido así?
—Supongo que tiene que ver con la forma. Para mí un libro de filosofía está escrito (o traducido) al inglés, en un lenguaje austero y razonable. Lleva bibliografía actualizada en inglés, francés o alemán. El nombre y apellido del autor coincide con el de una persona física. Y bueno, respecto al contenido, se defiende o se critica una tesis en una estructura argumentativa clara y previsible, que te va anunciando siempre lo que quiere afirmar.
—Es como armar un puzzle al que no le falta ninguna pieza, ¿no?
—Claro, más o menos así. A vos te dan piezas nuevas que no conocés, pero las instrucciones del puzzle son siempre las mismas. No sé, por lo menos de eso está segura la filosofía analítica: que hay reglas de comprensión que valen para todos los casos. Es más, creo que allí está uno de sus principales aportes, a saber: que los problemas filosóficos se pueden simplificar a una cuestión de validez, es decir, si son proposicionales o no. Y cuando no lo son, chau, no vale la pena tratarlos.
—¿Pero no te parece que precisamente esa determinación, de saber cuándo un problema es proposicional o no, genera una discriminación a favor de ustedes los analíticos?
—¿En qué sentido me lo decís?
—En el sentido de que esa calificación la hacen únicamente ustedes. Y quien deba cargar con ella, será excluido de la así llamada «comunidad filosófica», porque como bien dijiste antes, ustedes han establecido los criterios de valoración que rigen mundialmente para la filosofía académica. En otras palabras: si yo te escribo un libro que para ustedes carece de validez proposicional, entonces no tendrán ningún problema en ignorarlo. Más todavía, le cerrarán todas las puertas a nivel académico y nadie lo discutirá.
Y sí, puede ser. ¿Pero acaso no tiene sentido lo que decimos?
—Claro que tiene sentido. Es más: a mí me gusta eso de ser modesto, estudiar un problema y ver cómo replantearlo de la manera más exacta y simple posible. Confieso que lo aprendí de ustedes y hoy es para mí una herramienta de análisis muy útil. Pero no creo que con eso alcance, ¿me entendés? Porque estoy seguro que ese esquema sólo es aplicable a una clase limitada de problemas.

Bueno, ¡pero justamente eso es lo que nos diferencia de los filosofastros, de los chantas, los chamuyeros!
—Pará, pará, pará: ¿vos no estabas hablando conmigo porque querías alejarte de la filosofía analítica?
—Sí, sí, pero es que no sé… Mirá, yo tengo muchos amigos en la academia y todos pensamos más o menos lo mismo. No puedo largar todo a la mierda, ¿entendés? Te agradezco mucho esta conversación, pero no me puedo arrepentir de todo lo que logré en mi vida. Quizás no sea tan abierto como vos, pero estoy muy seguro de lo que pienso y eso creo que me ha ayudado a construir la vida que tengo.
—Está bien, te entiendo. Si no querés explorar otras perspectivas filosóficas, bueno, es tu decisión y la respeto. Sólo me gustaría preguntarte una última cosa antes de despedirnos: cuando hacés el amor, ¿te dejás las medias puestas?
—Sí, a veces. No sé, no le presto mucha atención. ¿Por qué me lo preguntás?

 

Mateo Dieste
Berlín, 20.IV. 2014

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