La filosofía somos nosotros: 30 años del Seminario de los Jueves.

 

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Un encuentro semanal de aficionados a la filosofía en Buenos Aires, cumple tres décadas de trabajo ininterrumpido. Han escrito sobre Platón, Deleuze, Foucault, la historiografía argentina o, recientemente, sobre Shakespeare. Son profesores, escenógrafos, bailarines de tango, contadores, pilotos de avión, ingenieros, escritores, pintores. ¿Por qué es pertinente escribir sobre ellos? Porque constituyen un referente de la creación filosófica en el Río de la Plata. Quienes por vocación o necesidad, no hacen de la producción de «papers» y del turismo académico un arquetipo de la filosofía; quiero decir: quienes hacen de la página en blanco una invitación a la libertad conceptual, están de algún modo vinculados al Seminario de los Jueves. Porque no se trata, como de costumbre, de algún ilustre que ejerce solitariamente una práctica ejemplar de la filosofía, no; es un grupo abierto donde participa cualquiera que esté dispuesto a comprometerse, precisamente, con la actividad filosófica.

Allá por el año 2007, mi padre cruzó de Montevideo a Buenos Aires por un fin de semana. De la calle Corrientes me trajo el libro Vidas filosóficas (Eudeba, 1999). Así que a los 20 años tuve mi primer encuentro con el Seminario. Todavía recuerdo mis impresiones de lectura: el prólogo de Tomás, numerado, conciso y breve; el estilo intermitente de Felisa Santos abordando a Foucault; las cartas de Hegel a su vinero que mostraba Álvaro Gabriel Vives, o las de Ortega y Gasset a su novia, seleccionadas por Rodrigo H. Amuchástegui; el diario de Wittgenstein analizado por Silvia Rivera, donde entre otras cosas el filósofo vienés cuenta que no puede parar de masturbarse. Bueno, yo no sé si mi padre me habría regalado este libro para advertirme de los peligros del «onanismo analítico» o algo por el estilo, pero lo cierto es que yo me llevé una lección: 26 autores escribiendo sobre temas diferentes, con tonos y estilos literarios diferentes, con inquietudes y énfasis diferentes, pero con algo en común, a saber: la libertad expresiva. Precisamente esa libertad que no existe en la academia, gracias a todo el reglamento de citas, argumentación, uso de vocabularios técnicos y exigencias de bibliografía infinita que, ante la página en blanco, imponen obediencia e inhiben la creatividad.

Yo estudio filosofía en la Universidad Humboldt de Berlín. No encuentro grandes diferencias con Buenos Aires, Montevideo o cualquier otro lugar: los estudiantes quieren salvar exámenes, los profesores quieren hacer carrera académica, los gremios quieren conseguir votos, los funcionarios no quieren dada de eso. Claro que hay aquí más recursos, hay una gran producción de conocimiento científico, claro que hay simposios críticos, sí, todo eso y mucho más. Pero no hay compromiso con el oficio de filosofar. No está la vocación, el hacer las cosas porque sí, es decir, por necesidad y no por obligación. No se asume la responsabilidad por la palabra propia: se citan autores y corrientes de pensamiento. De allí que el Seminario de los Jueves sea un referente, pues ninguno de sus participantes asiste a la fuerza, o por dinero o aun por prestigio: hacen filosofía porque sí. Y creo que es gracias a ese «horizonte irracional» (irracional para los racionalistas, claro), es decir, gracias a esa dedicación honoraria es que se hace posible la filosofía. Gracias a eso y, desde luego, también a una predilección por discutir sin buscar méritos para el curriculum.

No busco con esta modesta nota «describir» al Seminario. Estoy haciendo una interpretación de su presencia y de su obra, esto es, lo que afirmo no pretende ser su reflejo ni mucho menos. Tan sólo es mi perspectiva. Y esto lo digo por lo siguiente: presiento que el Seminario representa un modo de trabajar las contradicciones, los dilemas, las paradojas, en otras palabras: de bancarse que el otro no piense lo mismo que vos y, sin embargo, ser capaz de escribir con él. Esto no significa que en el Teatro Espacio Callejón, todos los jueves, se rinda culto a la diferencia, como quien encuentra a un chino por la calle y lo contempla como si fuera un animal de zoológico total es «diferente». Digo que se parte de un plano de igualdad y que la discusión no tiene que resolverse, necesariamente, en una conciliación de partes porque se trata de pensar, no de quedar bien.

En este sentido, no creo que sea casualidad que gente como Gustavo Varela, Dante Palma o Darío Sztajnszrajber ―para citar a quienes he leído― sean amigos del Seminario. Para usar etiquetas, digamos que el mejor teórico argentino del tango, un interesante ensayista y filósofo político y el mejor divulgador de filosofía de la Argentina, respectivamente, han tenido de una u otra forma un vínculo con el Seminario. Imagino que ha sido un vínculo de referencia. Y si bien no estoy seguro de si ellos tres estarían de acuerdo con esta adjudicación de pertenencia, el hecho es que para mí es buen indicio ver que tres ―digámoslo en griego― «amigos de la filosofía» hayan construido una obra personal que no se remite al Seminario en tanto institución o autoridad. Sospecho que ello se debe, justamente, a que el Seminario ha querido siempre mantenerse al margen, perdonen este abuso de Foucault, del «orden del discurso». O para usar una expresión del marketing (ya decía Deleuze que los publicistas nos estaban robando el vocabulario): el Seminario de los Jueves es inspirador.

El año pasado (diciembre 2012) viajé de Berlín a Buenos Aires y tuve la oportunidad de asistir a la última sesión de los jueves. Le había escrito un mail a Alfredo Siedl, secretario del Seminario, para solicitarle un permiso de asistencia. Su respuesta fue: «Veníte. Saludos». No era necesario el protocolo. Ingresé al teatro, una de esas casas viejas con puertas dobles bien altas y un pasillo largo a la entrada. Me indicaron el camino. De pronto me topé con Tomás que andaba por ahí tranquilo como en el patio de su casa. Todo era así, distendido y sin formalidades. Subí a la platea, ocupé un lugar, no eramos muchos espectadores. Todos sentados alrededor de la mesa redonda y en el centro, enhiesta, una lechuza de cerámica, símbolo clásico de la filosofía. Pronto se dio inicio a la sesión, no me acuerdo del tema pero sí de la atmósfera de estudio. Si bien Tomás interrumpía alguna vez al conferencista, percibí que éste reaccionaba con total naturalidad porque no estaba siendo evaluado o presionado por nadie; el momento era suyo y todos respetaban eso. Los veía interesados en lo que escuchaban.

Las paredes de ladrillo, la iluminación, ahora que recuerdo todo mientras escribo es como si se volviera más apasionante; de hecho lo fue, sólo que yo estaba atendiendo otras cosas. Como por ejemplo a un tipo que tenía a mi lado y me hablaba de Derrida y de que vivía en Francia y de que era músico y no sé qué diablos, mientras yo sólo quería escuchar la ponencia (cosas que suceden cuando un grupo no discrimina a sus invitados). Cuando la sesión concluyó, aplaudimos y de inmediato empezó a sonar un blues, sin no me equivoco, uno de Buddy Guy. Se abrieron las botellas de vino y llegó el buffet. Tomás se dirigió a la platea y nos invitó a servirnos algo. Yo estaba ahí, sólo, observando. Nadie te preguntaba nada, todos pasaban y te sonreían, te ofrecían algo de tomar. Dirán que esto es una ilustración romanticona, idealizada. ¡Claro que lo es! ¿Como no lo va a ser, si estoy feliz de haber estado allí? Además ya se los dije: si quieren una descripción del Seminario, vayan y veanlo con sus propios ojos, pues saben que no es cerrado. Pero quizás esa felicidad no haya sido únicamente mía, sino compartida o contagiada por la gente de los jueves. Escribe Tomás:«Somos felices. Perdonen esta confesión algo impúdica. Pero no estaríamos juntos tanto tiempo de nuestras vidas si no nos hiciera felices estudiar juntos. Nadie nos paga, no nos dan diplomas, no nos protege institución alguna, somos libertarios responsables de un espacio paracultural» (Platón en el callejón, Bs. As.:Eudeba: 2012, p. 12).

Aquí en Berlín son como las seis de la tarde. Ya es de noche, no está frío y seguimos zafando de la nieve. Se escucha alguna que otra cañita voladora. En unas horas estaremos todos celebrando con nuestras familias y amigos. No quería dejar pasar la oportunidad de rendirle un pequeño homenaje al Seminario de los Jueves, aunque sea así improvisando y con poco tiempo. Gracias. Muchas gracias. Y que sean treinta más.

 

Mateo Dieste,

Berlín, 31.XII.2013

 

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